
El Adviento es un tiempo de espera, preparación y esperanza para todos los católicos. En estas reflexiones de Adviento encontrarás pensamientos sencillos pero profundos para vivir cada uno de estos días con mayor fe, recogimiento y oración. Meditemos el verdadero sentido de esta temporada: abrir el corazón a Jesús que viene, renovar la esperanza y fortalecer nuestra vida espiritual mientras avanzamos hacia la Navidad.
Oraciones para la Primera Semana de Adviento
Primer Domingo de Adviento: "Estén preparados"
Lectura del Evangelio - Mateo 24, 37-44
En aquél tiempo Jesús dijo a sus discípulos: Cuando venga el Hijo del hombre, sucederá como en tiempos de Noé. En los días que precedieron al diluvio, la gente comía, bebía y se casaba, hasta que Noé entró en el arca; y no sospechaban nada, hasta que llegó el diluvio y los arrastró a todos. Lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre. De dos hombres que estén en el campo, uno será llevado y el otro dejado. De dos mujeres que estén moliendo, una será llevada y la otra dejada.
Estén prevenidos, porque ustedes no saben qué día vendrá su Señor. Entiéndanlo bien: si el dueño de casa supiera a qué hora de la noche va a llegar el ladrón, velaría y no dejaría perforar las paredes de su casa. Ustedes también estén preparados, porque el Hijo del hombre vendrá a la hora menos pensada.
El Adviento es un tiempo que nos recuerda una verdad esencial de nuestra fe: Cristo viene. Vino en la humildad de Belén, viene cada día a nuestra vida a través de la gracia, y vendrá al final de los tiempos para llevarnos definitivamente con Él. Hoy Jesús nos dirige una palabra que atraviesa los siglos: "Ustedes también estén preparados, porque el Hijo del hombre vendrá a la hora menos pensada".
En este pasaje, Jesús menciona los días de Noé. La gente comía, bebía, trabajaba y se casaba… la vida seguía “como de costumbre”, pero los corazones estaban dormidos. No porque fueran malas personas, sino porque vivían sin recordar a Dios, sin mirar más allá de lo inmediato, y esa distracción espiritual fue su mayor error.
Pero Jesús no quiere que tengamos miedo, sino una vigilancia amorosa. No es una espera ansiosa, sino la actitud del que espera a un ser querido. Como quien prepara la casa para la llegada de un huésped importante, el Adviento nos mueve a hacer espacio: espacio en el corazón, en nuestros hábitos, un primer espacio en nuestras prioridades.
Estar preparados no significa vivir tensos, sino atentos. atentos a amar, a servir y a escuchar la voz de Dios que habla en lo pequeño... estar atentos para no dejar que el corazón se endurezca por la rutina, el cansancio o el desánimo.
El Señor siempre viene en la hora que menos imaginamos. Él irrumpe en medio de la vida cotidiana: en un gesto de bondad, en una reconciliación esperada, en una inspiración interior, en un pobre que nos mira.
El Adviento es un entrenamiento para el corazón para dejar que Cristo nazca de nuevo en nosotros. Que en este tiempo santo el Señor nos regale la gracia de vivir así: no distraídos, sino disponibles; no temerosos, sino confiados; no dormidos, sino preparados.
Oración para cada día
Padre, Dios todopoderoso y eterno, hacemos bien en darte gracias siempre y en todo lugar por Jesucristo Nuestro Señor. Cuando se humilló para venir entre nosotros, cumplió el plan que tú formaste hace mucho tiempo y nos abrió el camino de la salvación. Ahora esperamos el día, con la esperanza de que la salvación prometida sea nuestra cuando Cristo venga de nuevo en Su gloria.
Y así, con todos los coros de ángeles en el cielo proclamamos tu gloria y nos unimos a su interminable himno de alabanza: Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios de poder y fortaleza, llenos están el cielo y la tierra de Tu gloria. Hosanna en las alturas. Bendito el que viene en nombre del Señor. Hosanna en las alturas.
Oración para el Primer Domingo de Adviento:
Jesús Niño, que vienes a nosotros en silencio y humildad, despierta mi corazón para que viva atento a tu presencia cada día; límpiame de toda distracción y enséñame a estar preparado para acogerte con amor en cada gesto, cada pensamiento y cada momento de mi vida. Ven, Señor, y haz de mi corazón un lugar sencillo donde siempre puedas nacer. Amén.
Lunes 1° Semana de Adviento: "No soy digno de que entres en mi casa"
Lectura del Evangelio - Mateo 8, 5-11
Al entrar en Cafarnaún, se le acercó un centurión, rogándole": "Señor, mi sirviente está en casa enfermo de parálisis y sufre terriblemente".
Jesús le dijo: "Yo mismo iré a curarlo". Pero el centurión respondió: "Señor, no soy digno de que entres en mi casa; basta que digas una palabra y mi sirviente se sanará. Porque cuando yo, que no soy más que un oficial subalterno, digo a uno de los soldados que están a mis órdenes: 'Ve', él va, y a otro: 'Ven', él viene; y cuando digo a mi sirviente: 'Tienes que hacer esto', él lo hace".
Al oírlo, Jesús quedó admirado y dijo a los que lo seguían: "Les aseguro que no he encontrado a nadie en Israel que tenga tanta fe. Por eso les digo que muchos vendrán de Oriente y de Occidente, y se sentarán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob, en el Reino de los Cielos".
En este primer lunes de Adviento, el Evangelio nos presenta a un centurión cuya fe sorprende incluso a Jesús. Él reconoce su pequeñez ante el Señor y, al mismo tiempo, confía plenamente en su poder: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa; basta que digas una palabra y mi sirviente se sanará.” Esta actitud es el corazón del Adviento: humildad y confianza. No se trata de sentirnos indignos en un sentido negativo, sino de reconocer que todo lo que somos y esperamos lo recibimos de Dios. El centurión no exige, no negocia, no presume. Solo cree. Y esa fe sencilla abre la puerta a un milagro.
En Adviento, también nosotros esperamos una visita: la llegada del Dios que se hace Niño. Y como el centurión, reconocemos nuestra fragilidad. Y Jesus se acerca más a cada uno de nosotros. Él quiere entrar, sanar, restaurar, iluminar. La verdadera preparación de Adviento es esta: abrir el corazón con la misma humildad del centurión. Permitamos que una sola palabra del Señor transforme nuestra vida desde dentro.
Oración para cada día
Padre, Dios todopoderoso y eterno, hacemos bien en darte gracias siempre y en todo lugar por Jesucristo Nuestro Señor. Cuando se humilló para venir entre nosotros, cumplió el plan que tú formaste hace mucho tiempo y nos abrió el camino de la salvación. Ahora esperamos el día, con la esperanza de que la salvación prometida sea nuestra cuando Cristo venga de nuevo en Su gloria.
Y así, con todos los coros de ángeles en el cielo proclamamos tu gloria y nos unimos a su interminable himno de alabanza: Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios de poder y fortaleza, llenos están el cielo y la tierra de Tu gloria. Hosanna en las alturas. Bendito el que viene en nombre del Señor. Hosanna en las alturas.
Oración Lunes de la Primera Semana de Adviento:
Niño Dios, Jesús amado, vengo ante Ti con el corazón humilde del centurión, reconociendo que no soy digno de que entres en mi casa, pero confiando en que una sola palabra Tuya puede sanarme y renovarme. En este Adviento, abre mi corazón para recibirte con fe viva, con esperanza serena y con amor sincero; entra en mi vida, en mi hogar y en mis heridas, y haz de mí un lugar donde Tu luz pueda nacer y permanecer siempre. Amén.
Martes 1° Semana de Adviento: "Felices los ojos que ven lo que ustedes ven"
Lectura del Evangelio - Lucas 10, 21-24
En aquel momento Jesús se estremeció de gozo, movido por el Espíritu Santo, y dijo:
"Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido.
Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie sabe quién es el Hijo, sino el Padre, como nadie sabe quién es el Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar".
Después, volviéndose hacia sus discípulos, Jesús les dijo a ellos solos: "¡Felices los ojos que ven lo que ustedes ven!
¡Les aseguro que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que ustedes ven y no lo vieron, oír lo que ustedes oyen y no lo oyeron!".
En este Evangelio, Jesús se estremece de alegría porque el Padre revela sus misterios no a los autosuficientes, sino a los sencillos y pequeños. En Adviento, esta palabra nos recuerda que para acoger a Cristo no hace falta grandeza humana, sino humildad de corazón. Quien se reconoce necesitado, quien escucha con pureza, quien abre su vida sin pretensiones… ese ve lo que otros, ocupados en su propia sabiduría, dejan pasar. Dios se revela en lo cotidiano: en una acción de servicio, en una palabra que consuela, en el sustento de cada día.
Jesús dice a sus discípulos: "Felices los ojos que ven lo que ustedes ven". También hoy somos llamados a esa felicidad: a descubrir la presencia de Dios en nuestros días, a dejarnos sorprender por su cercanía. En este tiempo de espera, el Señor nos invita a afinar la mirada para reconocerlo en lo pequeño, en lo frágil, en lo humilde… así como Él vendrá en la sencillez del Niño de Belén.
Oración para cada día
Padre, Dios todopoderoso y eterno, hacemos bien en darte gracias siempre y en todo lugar por Jesucristo Nuestro Señor. Cuando se humilló para venir entre nosotros, cumplió el plan que tú formaste hace mucho tiempo y nos abrió el camino de la salvación. Ahora esperamos el día, con la esperanza de que la salvación prometida sea nuestra cuando Cristo venga de nuevo en Su gloria.
Y así, con todos los coros de ángeles en el cielo proclamamos tu gloria y nos unimos a su interminable himno de alabanza: Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios de poder y fortaleza, llenos están el cielo y la tierra de Tu gloria. Hosanna en las alturas. Bendito el que viene en nombre del Señor. Hosanna en las alturas.
Oración Martes de la Primera Semana de Adviento:
Niño Dios, abre mis ojos para reconocer tu presencia en lo pequeño y sencillo; que no desheche tus gracias por confiar demasiado en mis fuerzas. Haz mi corazón humilde, dócil y agradecido, para que en este Adviento pueda ver y escuchar lo que Tú quieres revelarme, y así vivir en la verdadera alegría de quienes te encuentran cada día. Amén.
Miércoles 1° Semana de Adviento: "Todos comieron hasta saciarse"
Lectura del Evangelio - Mateo 15, 29-37
Jesús llegó a orillas del mar de Galilea y, subiendo a la montaña, se sentó.
Una gran multitud acudió a él, llevando paralíticos, lisiados, ciegos, mudos y muchos otros enfermos. Los pusieron a sus pies y él los curó.
La multitud se admiraba al ver que los mudos hablaban, los inválidos quedaban curados, los paralíticos caminaban y los ciegos recobraban la vista. Y todos glorificaban al Dios de Israel.
Entonces Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: "Me da pena esta multitud, porque hace tres días que están conmigo y no tienen qué comer. No quiero despedirlos en ayunas, porque podrían desfallecer en el camino".
Los discípulos le dijeron: "¿Y dónde podríamos conseguir en este lugar despoblado bastante cantidad de pan para saciar a tanta gente?".
Jesús les dijo: "¿Cuántos panes tienen?". Ellos respondieron: "Siete y unos pocos pescados".
El ordenó a la multitud que se sentara en el suelo; después, tomó los panes y los pescados, dio gracias, los partió y los dio a los discípulos. Y ellos los distribuyeron entre la multitud.
Todos comieron hasta saciarse, y con los pedazos que sobraron se llenaron siete canastas.
En este pasaje vemos a un Jesús profundamente cercano, que no solo cura enfermedades, sino que mira a la multitud con ternura y se preocupa por sus necesidades más básicas. El Adviento nos recuerda justamente esto: Dios no es indiferente a nuestras carencias, físicas o espirituales. Él conoce nuestras hambres más ocultas: hambre de consuelo, de sentido, de compañía, de esperanza. La multitud permanece con Jesús tres días, y aunque están agotados, siguen allí porque han descubierto en Él la verdadera vida. Jesús, al verlos, no los despide ni los deja a su suerte, sino que actúa. Donde nosotros vemos escasez, Él da en abundancia; donde vemos límites, Él hace milagros.
Al multiplicar los panes, Jesús anticipa la sobreabundancia de su amor. Siete panes y unos pocos pescados se transforman en un banquete para miles. Así también actúa en nosotros durante el Adviento: toma lo poco que tenemos —nuestra fe débil, nuestros esfuerzos pequeños, nuestro cansancio de cada día— y lo convierte en algo fecundo. Este tiempo nos invita a poner en manos del Señor lo que somos y lo que tenemos, confiando en que su misericordia es capaz de saciar todas nuestras necesidades físicas y espirituales. Con Jesús, siempre basta y siempre sobra.
Oración para cada día
Padre, Dios todopoderoso y eterno, hacemos bien en darte gracias siempre y en todo lugar por Jesucristo Nuestro Señor. Cuando se humilló para venir entre nosotros, cumplió el plan que tú formaste hace mucho tiempo y nos abrió el camino de la salvación. Ahora esperamos el día, con la esperanza de que la salvación prometida sea nuestra cuando Cristo venga de nuevo en Su gloria.
Y así, con todos los coros de ángeles en el cielo proclamamos tu gloria y nos unimos a su interminable himno de alabanza: Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios de poder y fortaleza, llenos están el cielo y la tierra de Tu gloria. Hosanna en las alturas. Bendito el que viene en nombre del Señor. Hosanna en las alturas.
Oración Miércoles de la Primera Semana de Adviento::
Niño Jesús, Pan de Vida, hoy pongo en tus pequeñas manos todo lo que tengo y todo lo que me falta; toma mi cansancio, mis miedos, mis hambres profundas, y cámbialos por esperanza, consuelo y fortaleza; que en este Adviento tu amor me sacie y me enseñe a confiar en que, contigo, nada me falta. Amén.
Jueves 1° Semana de Adviento: "El que escucha mis palabras y no las practica, es insensato"
Lectura del Evangelio - Mateo 7, 21.24-27
Jesús dijo a sus discípulos:
"No son los que me dicen: 'Señor, Señor', los que entrarán en el Reino de los Cielos, sino los que cumplen la voluntad de mi Padre que está en el cielo.
Así, todo el que escucha las palabras que acabo de decir y las pone en práctica, puede compararse a un hombre sensato que edificó su casa sobre roca.
Cayeron las lluvias, se precipitaron los torrentes, soplaron los vientos y sacudieron la casa; pero esta no se derrumbó porque estaba construida sobre roca.
Al contrario, el que escucha mis palabras y no las practica, puede compararse a un hombre insensato, que edificó su casa sobre arena.
Cayeron las lluvias, se precipitaron los torrentes, soplaron los vientos y sacudieron la casa: esta se derrumbó, y su ruina fue grande".
En este día, Jesús nos recuerda que la fe verdadera no se queda en palabras bonitas ni en intenciones nobles, sino que se demuestra en la vida concreta. Decir “Señor, Señor” sin obedecer su voluntad es construir sobre arena: algo que puede parecer firme desde afuera, pero que no soporta las tormentas. El Adviento nos invita a revisar nuestros cimientos espirituales: ¿sobre qué estamos edificando nuestra vida? ¿Sobre emociones pasajeras, sobre la rutina, sobre nuestra propia fuerza… o sobre la roca sólida que es Cristo?
Jesús nos enseña que la casa del hombre sensato permanece en pie porque se apoya en la roca que es escuchar su Palabra y ponerla en práctica. En este tiempo de espera, Él nos llama a construir con paciencia algo que resista las pruebas. Cuando la vida sacude, solo lo que está cimentado en Dios permanece. Por eso, el Adviento es tiempo de elegir: construir sobre la arena fácil o sobre la roca firme que da vida eterna.
Oración para cada día
Padre, Dios todopoderoso y eterno, hacemos bien en darte gracias siempre y en todo lugar por Jesucristo Nuestro Señor. Cuando se humilló para venir entre nosotros, cumplió el plan que tú formaste hace mucho tiempo y nos abrió el camino de la salvación. Ahora esperamos el día, con la esperanza de que la salvación prometida sea nuestra cuando Cristo venga de nuevo en Su gloria.
Y así, con todos los coros de ángeles en el cielo proclamamos tu gloria y nos unimos a su interminable himno de alabanza: Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios de poder y fortaleza, llenos están el cielo y la tierra de Tu gloria. Hosanna en las alturas. Bendito el que viene en nombre del Señor. Hosanna en las alturas.
Oración Jueves de la Primera Semana de Adviento::
Niño Jesús, Roca firme de mi vida, enséñame a escuchar tu Palabra con corazón dócil y a vivirla con fidelidad diaria; que mi fe no sea solo un gesto externo, sino una casa construida en Ti, humilde pero fuerte ante la tormenta, y llena de tu luz, para que cuando vengas encuentres en mí un lugar seguro donde nacer. Amén.
Viernes 1° Semana de Adviento: "Que suceda como ustedes han creído"
Lectura del Evangelio - Mateo 9, 27-31
Cuando Jesús se fue, lo siguieron dos ciegos, gritando: "Ten piedad de nosotros, Hijo de David".
Al llegar a la casa, los ciegos se le acercaron y él les preguntó: "¿Creen que yo puedo hacer lo que me piden?". Ellos le respondieron: "Sí, Señor".
Jesús les tocó los ojos, diciendo: "Que suceda como ustedes han creído".
Y se les abrieron sus ojos. Entonces Jesús los conminó: "¡Cuidado! Que nadie lo sepa".
Pero ellos, apenas salieron, difundieron su fama por toda aquella región.
En este pasaje, dos ciegos siguen a Jesús guiados únicamente por una certeza interior: Él puede hacer el milagro. No ven con los ojos, pero sí con el corazón. Su súplica humilde —“Ten piedad de nosotros”— nace de una fe pura que confía plenamente en la misericordia de Cristo. En Adviento, este gesto nos invita a revisar cómo está nuestra fe: ¿lo buscamos solo cuando podemos ver bien, o perseveramos incluso en la oscuridad? Los ciegos avanzan sin ver, pero no sin esperanza; y esa es la fe que toca el corazón de Dios.
Jesús les pregunta algo decisivo: “¿Creen que yo puedo?”. La fe no es magia ni optimismo vacío: es adhesión profunda a Jesús, a su poder y a su amor. Por eso Él responde: “Que suceda como ustedes han creído”. La fe abre puertas que los miedos cierran, y nos permite experimentar verdaderos milagros. En este Adviento, pidamos una fe que no dependa de las circunstancias, sino que se apoye totalmente en Jesús, que viene a iluminar nuestra vida.
Oración para cada día
Padre, Dios todopoderoso y eterno, hacemos bien en darte gracias siempre y en todo lugar por Jesucristo Nuestro Señor. Cuando se humilló para venir entre nosotros, cumplió el plan que tú formaste hace mucho tiempo y nos abrió el camino de la salvación. Ahora esperamos el día, con la esperanza de que la salvación prometida sea nuestra cuando Cristo venga de nuevo en Su gloria.
Y así, con todos los coros de ángeles en el cielo proclamamos tu gloria y nos unimos a su interminable himno de alabanza: Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios de poder y fortaleza, llenos están el cielo y la tierra de Tu gloria. Hosanna en las alturas. Bendito el que viene en nombre del Señor. Hosanna en las alturas.
Oración Viernes de la Primera Semana de Adviento::
Niño Jesús, Luz que abre mis ojos y mi corazón, aumenta mi fe para creer que Tú puedes obrar en cada área de mi vida. Toca mis heridas, mis miedos y mis oscuridades, y que suceda en mí según mi confianza en Ti. Hazme caminar con esperanza, incluso cuando no vea el camino, sabiendo que Tú vienes siempre para guiarme y a iluminar mi alma cuando todo está oscuro. Amén.
Sábado 1° Semana de Adviento: "Han recibido gratuitamente, den también gratuitamente"
Lectura del Evangelio - Mateo 9,35-38.10,1.6-8
Jesús recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en las sinagogas, proclamando la Buena Noticia del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias.
Al ver a la multitud, tuvo compasión, porque estaban fatigados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor.
Entonces dijo a sus discípulos: "La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos.
Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha."
Jesús convocó a sus doce discípulos y les dio el poder de expulsar a los espíritus impuros y de curar cualquier enfermedad o dolencia.
"Vayan, en cambio, a las ovejas perdidas del pueblo de Israel.
Por el camino, proclamen que el Reino de los Cielos está cerca.
Curen a los enfermos, resuciten a los muertos, purifiquen a los leprosos, expulsen a los demonios. Ustedes han recibido gratuitamente, den también gratuitamente."
En este día, el Evangelio nos muestra a Jesús recorriendo ciudades y pueblos, acercándose a los cansados y abatidos con una mirada llena de compasión. Él no pasa de largo ante el sufrimiento, sino que se detiene, enseña, sana y consuela. Su corazón se conmueve porque ve a la gente como ovejas sin pastor, y en ese amor inmenso nos revela cómo es el corazón del Padre: cercano, atento y profundamente misericordioso. El Adviento nos invita a contemplar a este Jesús que viene a buscarnos allí donde estamos heridos y dispersos, para darnos vida y esperanza.
Pero Jesús no actúa solo. Llama a sus discípulos, les da autoridad y los envía a continuar su misma misión. Les recuerda que todo lo que han recibido —gracia, perdón, consuelo, salvación— es don gratuito, y que así debe ser compartido. En este tiempo de espera, el Señor nos invita a abrir los ojos para ver las necesidades de los demás y a movilizar nuestra fe en obras concretas: un gesto, una palabra, una ayuda desinteresada. El Adviento es un llamado a convertirnos en instrumentos del amor de Dios, dando con alegría aquello que Él ha sembrado en nosotros.
Oración para cada día
Padre, Dios todopoderoso y eterno, hacemos bien en darte gracias siempre y en todo lugar por Jesucristo Nuestro Señor. Cuando se humilló para venir entre nosotros, cumplió el plan que tú formaste hace mucho tiempo y nos abrió el camino de la salvación. Ahora esperamos el día, con la esperanza de que la salvación prometida sea nuestra cuando Cristo venga de nuevo en Su gloria.
Y así, con todos los coros de ángeles en el cielo proclamamos tu gloria y nos unimos a su interminable himno de alabanza: Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios de poder y fortaleza, llenos están el cielo y la tierra de Tu gloria. Hosanna en las alturas. Bendito el que viene en nombre del Señor. Hosanna en las alturas.
Oración Sábado de la Primera Semana de Adviento::
Niño Dios, corazón lleno de ternura, enséñame a reconocer todo lo que he recibido de tu amor y a compartirlo sin medida; que tu compasión despierte la mía, y que mis manos, mis palabras y mis gestos lleven consuelo a quienes lo necesitan, para que en mi vida otros puedan descubrir la luz y la bondad de tu presencia. Amén.
Finalizamos con la siguiente oración mientras nos santiguamos
Que el Señor nos bendiga, nos proteja de todo mal y nos lleve a la vida eterna. Amén.
No olvides encender tu corona de adviento (instrucciones y oraciones aquí)
Oraciones para la Segunda Semana de Adviento
Segundo Domingo de Adviento: «Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca»
Lectura del Evangelio - Mateo 3, 1-12
En aquellos días, se presentó Juan el Bautista, proclamando en el desierto de Judea: “Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca”. A él se refería el profeta Isaías cuando dijo: “Una voz grita en el desierto: “Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos””.
Juan tenía una túnica de pelos de camello y un cinturón de cuero, y se alimentaba con langostas y miel silvestre. La gente de Jerusalén, de toda la Judea y de toda la región del Jordán iba a su encuentro, y se hacía bautizar por él en las aguas del Jordán, confesando sus pecados.
Al ver que muchos fariseos y saduceos se acercaban a recibir su bautismo, Juan les dijo: “Raza de víboras, ¿quién les enseñó a escapar de la ira de Dios que se acerca? Produzcan el fruto de una sincera conversión, y no se contenten con decir: “Tenemos por padre a Abraham”. Porque yo les digo que de estas piedras, Dios puede hacer surgir hijos de Abraham. El hacha ya está puesta a la raíz de los árboles: el árbol que no produce buen fruto será cortado y arrojado al fuego. Yo los bautizo con agua para que se conviertan; pero Aquel que viene detrás de mí es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de quitarle las sandalias. Él los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego. Tiene en su mano la horquilla y limpiará su era: recogerá su trigo en el granero y quemará la paja en un fuego inextinguible”.
El Segundo Domingo de Adviento nos presenta con fuerza la figura de Juan Bautista, la voz que clama en el desierto invitando a preparar los caminos del Señor. Su mensaje es directo, sin adornos, sin suavizar la verdad: “Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca”. En un tiempo donde muchas voces compiten por nuestra atención, Juan nos recuerda que la palabra de Dios no siempre es cómoda, pero sí salvadora. Su llamado atraviesa los siglos y nos alcanza hoy, en medio de nuestras rutinas, heridas y búsquedas.
Juan no predica desde un palacio ni desde un lugar privilegiado; lo hace en el desierto. El desierto es símbolo de silencio, de austeridad y de verdad. Ahí, sin distracciones, surge la posibilidad de escuchar la voz de Dios con claridad. Hoy se nos invita a entrar en ese “desierto interior”: un espacio para revisar el corazón, reconocer lo que necesita ser sanado y permitir que Dios nos encuentre. Convertirse no es solo “portarse bien”; es dejar que el Señor transforme aquello que nos aleja de Él.
Juan también denuncia la falsa seguridad espiritual. A los fariseos y saduceos les advierte que no basta con decir “somos hijos de Abraham”, ya que lo que Dios mira es el fruto. Esta advertencia es profundamente actual: la fe no puede quedarse en palabras, intenciones o tradiciones vacías. El Adviento nos invita a preguntarnos: ¿qué frutos estoy dando? ¿Paciencia, bondad, reconciliación, justicia, servicio? O, en cambio, ¿estoy viviendo una fe superficial, que no se deja tocar ni transformar?
Juan anuncia la llegada del “Más Poderoso”, aquel que bautizará con Espíritu Santo y fuego. El fuego purifica, ilumina y calienta; así actúa el Espíritu en nosotros cuando abrimos el corazón. Por eso, la conversión no es un esfuerzo solitario: es una obra de Dios, que pide nuestra disponibilidad y nuestro deseo sincero de cambiar. El Adviento es tiempo de abrir la puerta interior para que Cristo haga nueva nuestra vida.
Preparar el camino del Señor no es un acto puntual, sino un proceso. Es revisar la vida, enderezar senderos, cortar lo que está seco y dejar crecer lo que es bueno. Cristo viene, no como un juez que condena, sino como un Salvador que regala vida. Juan nos invita a recibirlo con un corazón renovado, dispuesto y humilde. En este Segundo Domingo de Adviento, pidamos la gracia de una conversión auténtica, alegre y profunda, que haga visible la presencia de Dios en nuestra vida cotidiana.
Oración para cada día
Padre, Dios todopoderoso y eterno, hacemos bien en darte gracias siempre y en todo lugar por Jesucristo Nuestro Señor. Cuando se humilló para venir entre nosotros, cumplió el plan que tú formaste hace mucho tiempo y nos abrió el camino de la salvación. Ahora esperamos el día, con la esperanza de que la salvación prometida sea nuestra cuando Cristo venga de nuevo en Su gloria.
Y así, con todos los coros de ángeles en el cielo proclamamos tu gloria y nos unimos a su interminable himno de alabanza: Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios de poder y fortaleza, llenos están el cielo y la tierra de Tu gloria. Hosanna en las alturas. Bendito el que viene en nombre del Señor. Hosanna en las alturas.
Oración para el Segundo Domingo de Adviento:
Niño Jesús, Tú qué iluminas nuestro desierto interior, abre mi corazón para una conversión sincera y humilde; purifica mis pensamientos, guía mis decisiones y haz que mi vida dé frutos que agraden al Padre. Ven y renueva mis caminos con Tu amor y Tu paz, para que pueda recibirte con un corazón preparado. Amén.
Lunes 2° Semana de Adviento: Inmaculada Concepción
Lectura del Evangelio - Lucas 1, 26-38
El Ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen que estaba comprometida con un hombre perteneciente a la familia de David, llamado José. El nombre de la virgen era María. El Ángel entró en su casa y la saludó, diciendo: “¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo”.
Al oír estas palabras, ella quedó desconcertada y se preguntaba qué podía significar ese saludo. Pero el Ángel le dijo: “No temas, María, porque Dios te ha favorecido. Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús; Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin”.
María dijo al Ángel: “¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relación con ningún hombre?” El Ángel le respondió: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios. También tu parienta Isabel concibió un hijo a pesar de su vejez, y la que era considerada estéril, ya se encuentra en su sexto mes, porque no hay nada imposible para Dios”. María dijo entonces: “Yo soy la servidora del Señor, que se haga en mí según tu Palabra”. Y el Ángel se alejó.
En este día celebramos el misterio de la Inmaculada Concepción, afirmación de fe que la Iglesia custodia desde la antigüedad: María, por un privilegio singular de Dios, fue preservada de todo pecado desde el primer instante de su existencia. Por eso el ángel la saluda llamándola “llena de gracia”, no solo como una mujer favorecida, sino como aquella en quien la gracia de Dios habita plenamente, sin mancha. En Adviento esta verdad se vuelve especialmente significativa: Dios preparó un “sagrario vivo” para que Su Hijo pudiera venir al mundo. María es el primer fruto de la redención de Cristo, hecha pura y nueva antes incluso de su nacimiento para ser la Madre del Salvador.
Este evangelio nos invita a contemplar no solo la pureza de María, sino también su docilidad total a la voluntad de Dios: “Yo soy la servidora del Señor, que se haga en mí según tu Palabra”. La gracia que la colmó no la aisló del mundo, sino que la abrió enteramente al plan divino, convirtiéndola en puente entre el Cielo y la Tierra. En Adviento, María nos recuerda que Dios también quiere obrar maravillas en nosotros. No somos inmaculados como ella, pero estamos llamados a recibir la gracia con humildad, a abrir caminos al Señor en nuestra vida, a dejar que Cristo nazca en nosotros con un corazón dispuesto y confiado.
Oración para cada día
Padre, Dios todopoderoso y eterno, hacemos bien en darte gracias siempre y en todo lugar por Jesucristo Nuestro Señor. Cuando se humilló para venir entre nosotros, cumplió el plan que tú formaste hace mucho tiempo y nos abrió el camino de la salvación. Ahora esperamos el día, con la esperanza de que la salvación prometida sea nuestra cuando Cristo venga de nuevo en Su gloria.
Y así, con todos los coros de ángeles en el cielo proclamamos tu gloria y nos unimos a su interminable himno de alabanza: Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios de poder y fortaleza, llenos están el cielo y la tierra de Tu gloria. Hosanna en las alturas. Bendito el que viene en nombre del Señor. Hosanna en las alturas.
Oración Lunes de la Segunda Semana de Adviento:
Niño Dios, Hijo purísimo nacido del seno inmaculado de María, abre mi corazón para recibir Tu gracia con la misma humildad y docilidad que tuvo Tu Madre. Purifica mis pensamientos, sana mis heridas y haz de mi vida un lugar preparado para Tu presencia. Que el ejemplo de la Inmaculada me impulse a buscar la santidad cotidiana y a caminar con esperanza en este Adviento, para que tú puedas nacer nuevamente en mi alma. Amén.
Martes 2° Semana de Adviento: «El Padre no quiere que se pierda ni uno solo»
Lectura del Evangelio - Mateo 18, 12-14
Jesús dijo a sus discípulos: ¿Qué les parece? Si un hombre tiene cien ovejas, y una de ellas se pierde, ¿no deja las noventa y nueve restantes en la montaña, para ir a buscar la que se extravió? Y si llega a encontrarla, les aseguro que se alegrará más por ella que por las noventa y nueve que no se extraviaron. De la misma manera, el Padre de ustedes, que está en el cielo no quiere que se pierda ni uno solo de estos pequeños.
En este pasaje, Jesús nos revela un aspecto fundamental del corazón del Padre: su amor personal, incondicional y profundamente comprometido con cada uno de sus hijos. Para Dios, nadie es descartable, nadie es “insignificante”. En Adviento, cuando nos preparamos para celebrar la cercanía de Dios hecho Niño, este Evangelio nos recuerda que Él viene precisamente a buscar lo que estaba perdido, a cargar sobre sus hombros a quien se había alejado, a restaurar lo que parecía imposible. La imagen del pastor dejando las noventa y nueve ovejas expresa un amor que rompe las lógicas humanas y nos invita a vernos como Él nos ve: infinitamente valiosos.
Al mismo tiempo, este texto nos llama a entrar en la lógica del Adviento: dejarnos encontrar. A veces somos la oveja perdida por cansancio, por culpa, por miedo o por heridas que arrastramos desde hace años. Pero el Padre no se resigna a nuestra distancia; Él toma la iniciativa, atraviesa montañas, oscuridades y soledades para alcanzarnos. Este tiempo litúrgico es una invitación a permitir que Dios nos encuentre, a no escondernos más, a creer que su alegría es completa cuando regresamos a sus brazos.
Oración para cada día
Padre, Dios todopoderoso y eterno, hacemos bien en darte gracias siempre y en todo lugar por Jesucristo Nuestro Señor. Cuando se humilló para venir entre nosotros, cumplió el plan que tú formaste hace mucho tiempo y nos abrió el camino de la salvación. Ahora esperamos el día, con la esperanza de que la salvación prometida sea nuestra cuando Cristo venga de nuevo en Su gloria.
Y así, con todos los coros de ángeles en el cielo proclamamos tu gloria y nos unimos a su interminable himno de alabanza: Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios de poder y fortaleza, llenos están el cielo y la tierra de Tu gloria. Hosanna en las alturas. Bendito el que viene en nombre del Señor. Hosanna en las alturas.
Oración Martes de la Segunda Semana de Adviento:
Niño Jesús, Buen Pastor que vienes a buscarnos sin cansarte jamás, hoy me abandono a Tu ternura y te entrego mis extravíos, mis miedos y mis silencios. Llena mi corazón de la certeza de ser amado, y haz que pueda volver a Ti sin reservas. Que Tu luz me encuentre donde esté, que Tu amor me levante cuando tropiezo y me devuelva siempre al camino del Padre, que no quiere perder a ninguno de sus hijos. Amén.
Miércoles 2° Semana de Adviento: «Vengan a Mí y Yo los aliviaré»
Lectura del Evangelio - Mateo 11, 28-30
Jesús tomó la palabra y dijo: Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y Yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana.
En este tiempo de Adviento, Jesús nos dirige una de las invitaciones más tiernas y llenas de misericordia de todo el Evangelio: “Vengan a mí… y Yo los aliviaré”. Mientras esperamos su venida, Él se adelanta y sale a nuestro encuentro, especialmente cuando el corazón está cansado, herido o desbordado. El Señor no promete quitar toda dificultad, pero sí promete estar con nosotros dentro de ellas, cargando junto a nosotros lo que pesa, fortaleciendo lo que está débil y calmando lo que duele. Su “yugo” (esa alianza de amor que nos une a Él) no oprime, sino que libera, porque está sostenido por un Corazón manso y humilde.
Adviento nos recuerda que Jesús no viene solo para los fuertes, los organizados o los “que todo lo pueden”, sino para quienes reconocen que necesitan descanso y alivio. Abrirle el corazón al Señor es permitir que Él transforme nuestras cargas en oportunidades de confianza y abandono. Cuando nos unimos a su yugo de amor, descubrimos que lo que parecía imposible se vuelve más liviano, y que incluso en medio del cansancio podemos experimentar una paz profunda. Él viene como Niño, pequeño y cercano, para mostrarnos que Dios no pesa: Dios levanta, sostiene y acompaña.
Oración para cada día
Padre, Dios todopoderoso y eterno, hacemos bien en darte gracias siempre y en todo lugar por Jesucristo Nuestro Señor. Cuando se humilló para venir entre nosotros, cumplió el plan que tú formaste hace mucho tiempo y nos abrió el camino de la salvación. Ahora esperamos el día, con la esperanza de que la salvación prometida sea nuestra cuando Cristo venga de nuevo en Su gloria.
Y así, con todos los coros de ángeles en el cielo proclamamos tu gloria y nos unimos a su interminable himno de alabanza: Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios de poder y fortaleza, llenos están el cielo y la tierra de Tu gloria. Hosanna en las alturas. Bendito el que viene en nombre del Señor. Hosanna en las alturas.
Oración Miércoles de la Segunda Semana de Adviento:
Niño Jesús, alivio de los que están cansados, hoy me acerco a Ti con mis preocupaciones, mis cargas y todo lo que pesa en mi corazón; tómame de la mano, enséñame a llevar el yugo contigo, y regálame la suavidad y la paz de Tu Corazón humilde, para que en este Adviento pueda descansar en Tu amor y caminar con renovada esperanza. Amén.
Jueves 2° Semana de Adviento: «El más pequeño en el Reino es más grande que Él»
Lectura del Evangelio - Mateo 11, 11-15
Jesús dijo a la multitud: Les aseguro que no ha nacido ningún hombre más grande que Juan el Bautista; y sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es más grande que él. Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el Reino de los Cielos es combatido violentamente, y los violentos intentan arrebatarlo. Porque todos los Profetas, lo mismo que la Ley, han profetizado hasta Juan. Y si ustedes quieren creerme, él es aquel Elías que debe volver. ¡El que tenga oídos, que oiga!
En Jesús nos encontramos con una verdad que transforma el Adviento: en el Reino de los Cielos, la grandeza no se mide por logros visibles, sino por la apertura del corazón. Juan el Bautista es proclamado por Cristo como el más grande nacido de mujer, porque con valentía preparó los caminos del Mesías. Sin embargo, Jesús nos sorprende diciendo que el más pequeño en el Reino es aún más grande que Juan. Con ello, nos recuerda que la verdadera grandeza nace de la gracia: no es fruto de nuestro mérito, sino de la vida nueva que Dios regala a quienes se hacen humildes, pobres de espíritu, disponibles como María, como los pequeños del Evangelio. En Adviento, el Señor nos invita a revisar nuestro corazón y preguntarnos: ¿desde dónde vivimos?, ¿desde nuestro esfuerzo o desde la gracia?
Este pasaje también ilumina la lucha interior que supone dejar entrar el Reino en nuestra vida. Jesús dice que el Reino es “combatido violentamente”, porque hay fuerzas -externas e internas- que intentan impedirnos vivir en la verdad, en la fe y en la humildad. Pero en medio de este combate espiritual, el Adviento nos recuerda que Dios ya ha iniciado algo nuevo en nosotros: mediante la escucha atenta, la conversión sincera y la perseverancia en la oración, el Reino se abre camino. Y aunque nos sintamos pequeños, frágiles o insuficientes, Jesús nos recuerda que precisamente ahí, en la pequeñez confiada, se manifiesta la grandeza que viene de Dios.
Oración para cada día
Padre, Dios todopoderoso y eterno, hacemos bien en darte gracias siempre y en todo lugar por Jesucristo Nuestro Señor. Cuando se humilló para venir entre nosotros, cumplió el plan que tú formaste hace mucho tiempo y nos abrió el camino de la salvación. Ahora esperamos el día, con la esperanza de que la salvación prometida sea nuestra cuando Cristo venga de nuevo en Su gloria.
Y así, con todos los coros de ángeles en el cielo proclamamos tu gloria y nos unimos a su interminable himno de alabanza: Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios de poder y fortaleza, llenos están el cielo y la tierra de Tu gloria. Hosanna en las alturas. Bendito el que viene en nombre del Señor. Hosanna en las alturas.
Oración Jueves de la Segunda Semana de Adviento:
Niño Jesús, Rey humilde y pequeño, abre mi corazón para reconocer Tu grandeza en la sencillez; enséñame a vivir desde la gracia, no desde mis fuerzas, y a dejar que transformes mis pensamientos, mis decisiones y mis caminos; toma mi pequeñez y conviértela en un lugar donde Tú puedas nacer cada día, para que, sostenido por Tu luz, avance con fidelidad y alegría hacia Tu encuentro. Amén.
Viernes 2° Semana de Adviento: «Quién soy yo para que la Madre de mi Señor venga a mí»
Lectura del Evangelio - Lucas 1, 39-48
María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá. Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. Apenas esta oyó el saludo de María, el niño saltó de alegría en su vientre, e Isabel, llena del Espíritu Santo, exclamó: “¡Tu eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme? Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi vientre. Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor”. María dijo entonces: “Mi alma canta la grandeza del Señor, y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi salvador, porque Él miró con bondad la pequeñez de su servidora. En adelante todas las generaciones me llamarán feliz”.
La visita de María a Isabel nos revela la humildad y la prontitud del amor verdadero. María, recién anunciada como Madre del Salvador, no se encierra en sí misma, sino que se pone en camino para servir. Y al entrar en la casa de Isabel, su saludo desborda de gracia: la presencia de Jesús, aún oculto en su vientre, hace saltar de alegría al pequeño Juan y llena la escena del Espíritu Santo. En Adviento, este encuentro nos invita a reconocer que donde llega Cristo, la vida florece, la alegría renace y los corazones se encienden de esperanza. María lleva la luz que el mundo espera, y esa luz quiere también entrar en nuestra vida cotidiana.
Isabel exclama con asombro: “¿Quién soy yo para que la madre de mi Señor venga a visitarme?”. Su sorpresa es también la nuestra: ¿quiénes somos para que Dios mismo venga a buscarnos? Y sin embargo, así es el corazón de Dios: se acerca a nuestra pequeñez, visita nuestras casas interiores y hace fecunda nuestra espera. El Adviento es tiempo de aprender de María a creer sin reservas, y de Isabel a reconocer con humildad la grandeza de Dios que se manifiesta en lo sencillo. Que nosotros también podamos abrir la puerta con fe, para que Cristo, que viene a nuestro encuentro, haga saltar nuestro corazón de verdadera alegría.
Oración para cada día
Padre, Dios todopoderoso y eterno, hacemos bien en darte gracias siempre y en todo lugar por Jesucristo Nuestro Señor. Cuando se humilló para venir entre nosotros, cumplió el plan que tú formaste hace mucho tiempo y nos abrió el camino de la salvación. Ahora esperamos el día, con la esperanza de que la salvación prometida sea nuestra cuando Cristo venga de nuevo en Su gloria.
Y así, con todos los coros de ángeles en el cielo proclamamos tu gloria y nos unimos a su interminable himno de alabanza: Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios de poder y fortaleza, llenos están el cielo y la tierra de Tu gloria. Hosanna en las alturas. Bendito el que viene en nombre del Señor. Hosanna en las alturas.
Oración Viernes de la Segunda Semana de Adviento:
Niño Dios, que vienes a visitarnos envuelto en humildad y ternura, abre mi corazón para recibirte con la misma fe de María y con la alegría de Isabel; que Tu presencia despierte en mí una esperanza nueva, renueve mis cansancios y haga florecer en mi vida la gratitud, la sencillez y el amor. Amén.
Sábado 2° Semana de Adviento: «Así también harán padecer al Hijo del Hombre»
Lectura del Evangelio - Mateo 17, 10-13
Los discípulos preguntaron a Jesús: “¿Por qué dicen los escribas que primero debe venir Elías?” Él respondió: “Sí, Elías debe venir a poner en orden todas las cosas; pero les aseguro que Elías ya ha venido, y no lo han reconocido, sino que hicieron con él lo que quisieron. Así también harán padecer al Hijo del hombre”. Los discípulos comprendieron entonces que Jesús se refería a Juan el Bautista.
En este pasaje, Jesús revela a sus discípulos una verdad profunda y dolorosa: así como Juan fue rechazado y maltratado, también Él deberá padecer. El Adviento, entonces, no es solo la espera tierna del Niño que nace, sino también la contemplación del Misterio del Amor que se entrega, desde la cuna hasta la Cruz. Dios viene al mundo sabiendo que muchos no lo reconocerán; aun así, viene. Su nacimiento y su sufrimiento están unidos por el mismo propósito: salvarnos. Este Evangelio nos invita a reconocer que el Mesías esperado no llega envuelto únicamente en dulzura, sino también en la humildad y vulnerabilidad de quien acepta ser rechazado por amor.
Al recordar que Jesús aceptó padecer por nosotros, el Adviento nos interpela: ¿estamos dispuestos a recibirlo tal como Él quiere venir, y no como nosotros imaginamos? La llegada del Señor exige un corazón que se deja purificar, que abraza la verdad incluso cuando es incómoda, y que aprende, como Juan, a señalar a Cristo por encima de todo. Jesús nos enseña que el verdadero cristiano no evita el sufrimiento o las dificultades, sino que los transforma en ofrenda. En este tiempo de preparación, pidamos la gracia de reconocer su presencia incluso en los momentos difíciles, y de seguirlo con fe humilde y perseverante.
Oración para cada día
Padre, Dios todopoderoso y eterno, hacemos bien en darte gracias siempre y en todo lugar por Jesucristo Nuestro Señor. Cuando se humilló para venir entre nosotros, cumplió el plan que tú formaste hace mucho tiempo y nos abrió el camino de la salvación. Ahora esperamos el día, con la esperanza de que la salvación prometida sea nuestra cuando Cristo venga de nuevo en Su gloria.
Y así, con todos los coros de ángeles en el cielo proclamamos tu gloria y nos unimos a su interminable himno de alabanza: Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios de poder y fortaleza, llenos están el cielo y la tierra de Tu gloria. Hosanna en las alturas. Bendito el que viene en nombre del Señor. Hosanna en las alturas.
Oración Sábado de la Segunda Semana de Adviento:
Niño Dios, que viniste al mundo pequeño y humilde, enséñame a reconocerte incluso en la fragilidad y en el dolor; abre mi corazón para recibirte con fe sincera y firme, y dame la gracia de seguirte aún cuando Tu camino sea exigente. Que Tu amor, que no rehuyó el sufrimiento, transforme mi vida y me haga más dócil a la voluntad del Padre. Amén.
Finalizamos con la siguiente oración mientras nos santiguamos
Que el Señor nos bendiga, nos proteja de todo mal y nos lleve a la vida eterna. Amén.
No olvides encender tu corona de adviento (instrucciones y oraciones aquí)
Oraciones para la Tercera Semana de Adviento
Tercer Domingo de Adviento: “¿Eres tú el que ha de venir?”
Lectura del Evangelio - Mateo 11, 2-11
Juan el Bautista oyó hablar en la cárcel de las obras de Cristo, y mandó a dos de sus discípulos para preguntarle: “¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?” Jesús les respondió: “Vayan a contar a Juan lo que ustedes oyen y ven: los ciegos ven y los paralíticos caminan; los leprosos son purificados y los sordos oyen; los muertos resucitan y la Buena Noticia es anunciada a los pobres. ¡Y feliz aquél para quien Yo no sea motivo de tropiezo!” Mientras los enviados de Juan se retiraban, Jesús empezó a hablar de él a la multitud, diciendo: “¿Qué fueron a ver al desierto? ¿Una caña agitada por el viento? ¿Qué fueron a ver? ¿Un hombre vestido con refinamiento? Los que se visten de esa manera viven en los palacios de los reyes. ¿Qué fueron a ver entonces? ¿Un profeta? Les aseguro que sí, y más que un profeta. Él es aquél de quien está escrito: “Yo envío a mi mensajero delante de ti, para prepararte el camino”. Les aseguro que no ha nacido ningún hombre más grande que Juan el Bautista; y sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es más grande que él”.
En el corazón del Adviento resuena la pregunta de Juan Bautista desde la cárcel: “¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?”. No es una duda de incredulidad, sino el clamor de quien espera en medio de la oscuridad. Juan, que había señalado a Jesús como el Cordero de Dios, ahora experimenta el peso de la prueba. El Adviento nos enseña que incluso los más fieles atraviesan momentos de incertidumbre; y que la fe madura no consiste en no preguntar, sino en saber a quién dirigir la pregunta.
La respuesta de Jesús no es un discurso, sino hechos: los ciegos ven, los paralíticos caminan, los pobres reciben la Buena Nueva. Dios cumple sus promesas de un modo que desarma expectativas: no con espectáculo, sino con misericordia; no con fuerza visible, sino con vida restaurada. Por eso Jesús añade: “¡Feliz aquel para quien Yo no sea motivo de tropiezo!”; en otras palabras: Feliz aquel que acepta un Mesías humilde, cercano, que salva desde dentro.
Luego Jesús proclama la grandeza de Juan y, al mismo tiempo, revela el misterio del Reino: “el más pequeño en el Reino de los Cielos es más grande que él”. Como dijimos en días anteriores, no se trata de méritos, sino de gracia. En Adviento, somos invitados a hacernos pequeños para acoger a Jesús que viene, porque la verdadera grandeza nace de la humildad que espera, confía y se deja sorprender por Dios.
Oración para cada día
Padre, Dios todopoderoso y eterno, hacemos bien en darte gracias siempre y en todo lugar por Jesucristo Nuestro Señor. Cuando se humilló para venir entre nosotros, cumplió el plan que tú formaste hace mucho tiempo y nos abrió el camino de la salvación. Ahora esperamos el día, con la esperanza de que la salvación prometida sea nuestra cuando Cristo venga de nuevo en Su gloria.
Y así, con todos los coros de ángeles en el cielo proclamamos tu gloria y nos unimos a su interminable himno de alabanza: Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios de poder y fortaleza, llenos están el cielo y la tierra de Tu gloria. Hosanna en las alturas. Bendito el que viene en nombre del Señor. Hosanna en las alturas.
Oración para el Tercer Domingo de Adviento:
Pequeño Jesús, que vienes con la ternura de Dios y la fuerza de Su amor, enséñame a esperar aun cuando el corazón se canse y la fe sea probada; abre mis ojos para reconocer Tus obras en lo pequeño y lo cotidiano, y dame un corazón humilde para no tropezar contigo, sino alegrarme porque ya estás cerca y traes vida, consuelo y esperanza. Amén.
Lunes 3° Semana de Adviento: “¿Con qué autoridad haces estas cosas?”
Lectura del Evangelio - Mateo 21, 23-27
Jesús entró en el Templo y, mientras enseñaba, se le acercaron los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo, para decirle: “¿Con qué autoridad haces estas cosas? ¿Y quién te ha dado esa autoridad?” Jesús les respondió: “Yo también quiero hacerles una pregunta. Si me responden, les diré con qué autoridad hago estas cosas. El bautismo de Juan, ¿de dónde era? ¿Del cielo o de los hombres?” Ellos se hacían este razonamiento: “Si respondemos: "Del cielo", Él nos dirá: "Entonces, ¿por qué no le creyeron?" Y si decimos: "De los hombres", debemos temer a la multitud, porque todos consideran a Juan un profeta”. Por eso respondieron a Jesús: “No sabemos”. Él, por su parte, les respondió: “Entonces Yo tampoco les diré con qué autoridad hago esto”.
En este pasaje del Evangelio, Jesús entra al Templo y es confrontado por quienes deberían reconocer con mayor claridad la acción de Dios. Los sumos sacerdotes y ancianos preguntan por la autoridad de Jesús, pero no buscan la verdad: buscan proteger sus seguridades. El Adviento nos coloca frente a una pregunta similar, no sobre con qué autoridad actúa Jesús, sino si estamos dispuestos a reconocerla cuando se manifiesta de un modo que nos incomoda. La falta de respuesta de los líderes revela un corazón cerrado, más atento al qué dirán que a la voz del cielo.
El Adviento es tiempo de discernimiento y sinceridad interior. Jesús no fuerza la fe; la propone. Cuando nos quedamos en el “no sé” por miedo a perder control, prestigio o comodidad, dejamos pasar la gracia. El Señor sigue entrando en el “templo” de nuestra vida y enseñando, pero solo el corazón humilde puede reconocer su autoridad como amor que salva. Preparar su venida implica atrevernos a escuchar, creer y responder con verdad, aunque eso no siempre sea sencillo.
Oración para cada día
Padre, Dios todopoderoso y eterno, hacemos bien en darte gracias siempre y en todo lugar por Jesucristo Nuestro Señor. Cuando se humilló para venir entre nosotros, cumplió el plan que tú formaste hace mucho tiempo y nos abrió el camino de la salvación. Ahora esperamos el día, con la esperanza de que la salvación prometida sea nuestra cuando Cristo venga de nuevo en Su gloria.
Y así, con todos los coros de ángeles en el cielo proclamamos tu gloria y nos unimos a su interminable himno de alabanza: Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios de poder y fortaleza, llenos están el cielo y la tierra de Tu gloria. Hosanna en las alturas. Bendito el que viene en nombre del Señor. Hosanna en las alturas.
Oración Lunes de la Tercera Semana de Adviento
Niño Jesús, que vienes con la autoridad del amor y no del poder, entra en el templo de mi corazón y límpialo de miedos y excusas; dame un espíritu sencillo y valiente para reconocerte cuando hablas, obedecerte cuando llamas y creer en Ti sin reservas, para que en este Adviento te reciba con un corazón abierto y dispuesto. Amén.
Martes 3° Semana de Adviento: “Los más pecadores llegan antes al Reino de Dios”
Lectura del Evangelio - Mateo 21, 28-32
Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: “¿Qué les parece? Un hombre tenía dos hijos y, dirigiéndose al primero, le dijo: "Hijo, quiero que hoy vayas a trabajar a mi viña". Él respondió: "No quiero". Pero después se arrepintió y fue. Dirigiéndose al segundo, le dijo lo mismo y éste le respondió: "Voy, Señor", pero no fue. ¿Cuál de los dos cumplió la voluntad de su padre?” “El primero”, le respondieron. Jesús les dijo: “Les aseguro que los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios. En efecto, Juan vino a ustedes por el camino de la justicia y no creyeron en él; en cambio, los publicanos y las prostitutas creyeron en él. Pero ustedes, ni siquiera al ver este ejemplo, se han arrepentido ni han creído en él”.
En este pasaje del Evangelio, Jesús nos enfrenta con una verdad incómoda pero profundamente liberadora: no basta hacer las cosas bien, lo necesario es convertirse de corazón. El primer hijo dice “no”, pero luego se arrepiente y va; el segundo dice “sí”, pero no cumple. Así sucede muchas veces en nuestra vida espiritual: podemos tener un lenguaje religioso correcto, promesas bien formuladas y apariencias piadosas, pero sin un cambio real del corazón todo eso pierde el valor. En Adviento el Señor nos recuerda que la conversión auténtica siempre es posible, incluso para quien ha comenzado diciendo “no”.
Jesús sorprende al decir que los pecadores públicos llegan antes al Reino, no porque sus pecados sean pequeños, sino porque reconocen su necesidad de salvación y se dejan transformar. Ellos creyeron a Juan Bautista y cambiaron de vida; en cambio, quienes se creían justos permanecieron cerrados. El Adviento nos invita a abandonar la soberbia espiritual y a recuperar la humildad del que se sabe necesitado de Dios. El Reino no se gana por méritos acumulados, sino por un corazón arrepentido que se levanta y camina hacia el Padre.
Oración para cada día
Padre, Dios todopoderoso y eterno, hacemos bien en darte gracias siempre y en todo lugar por Jesucristo Nuestro Señor. Cuando se humilló para venir entre nosotros, cumplió el plan que tú formaste hace mucho tiempo y nos abrió el camino de la salvación. Ahora esperamos el día, con la esperanza de que la salvación prometida sea nuestra cuando Cristo venga de nuevo en Su gloria.
Y así, con todos los coros de ángeles en el cielo proclamamos tu gloria y nos unimos a su interminable himno de alabanza: Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios de poder y fortaleza, llenos están el cielo y la tierra de Tu gloria. Hosanna en las alturas. Bendito el que viene en nombre del Señor. Hosanna en las alturas.
Oración Martes de la Tercera Semana de Adviento:
Niño Dios, que vienes a buscar a los que se han perdido y no desprecias a los corazones heridos, dame la gracia de una conversión sincera; líbrame de decirte “sí” solo con palabras y enséñame a responderte con la vida, para que al llegar a Belén me encuentres humilde, arrepentido y dispuesto a hacer la voluntad del Padre. Amén.
Miércoles 3° Semana de Adviento: Esta es la Genealogía de Jesucristo
Lectura del Evangelio - Mateo 1, 1-17
Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham: Abraham fue padre de Isaac; Isaac, padre de Jacob; Jacob, padre de Judá y de sus hermanos. Judá fue padre de Fares y de Zará, y la madre de éstos fue Tamar. Fares fue padre de Esrón; Esrón padre de Arám; Arám, padre de Aminadab; Aminadab, padre de Naasón; Naasón, padre de Salmón. Salmón fue padre de Booz, y la madre de éste fue Rahab. Booz fue padre de Obed, y la madre de éste fue Rut. Obed fue padre de Jesé; Jesé, padre del rey David. David fue padre de Salomón, y la madre de éste fue la que había sido mujer de Urías. Salomónfue padre de Roboám; Roboám, padre de Abías; Abías, padre de Asá; Asá, padre de Josafat; Josafat, padre de Jorám; Jorám, padre de Ozías. Ozías fue padre de Joatám; Joatám, padre de Acaz; Acaz, padre de Ezequías; Ezequías, padre de Manasés. Manasés fue padre de Amón; Amón, padre de Josías; Josías, padre de Jeconías y de sus hermanos, durante el destierro en Babilonia.
Después del destierro en Babilonia: Jeconías fue padre de Salatiel; Salatiel, padre de Zorobabel; Zorobabel, padre de Abiud; Abiud, padre de Eliacím; Eliacím, padre de Azor. Azor fue padre de Sadoc; Sadoc, padre de Aquím; Aquím, padre de Eliud; Eliud, padre de Eleazar; Eleazar, padre de Matán; Matán, padre de Jacob. Jacob fue padre de José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, que es llamado Cristo.
El total de las generaciones es, por lo tanto: desde Abraham hasta David, catorce generaciones; desde David hasta el destierro en Babilonia, catorce generaciones; desde el destierro en Babilonia hasta Cristo, catorce generaciones.
La larga genealogía que presenta el evangelio puede parecernos, a primera vista, una simple lista de nombres. Sin embargo, en Adviento esta Palabra nos revela algo profundo: Dios entra en la historia real, con luces y sombras, con fidelidades y caídas. En la genealogía de Jesús aparecen santos y pecadores, momentos de gloria y tiempos de exilio. Nada fue descartado por Dios. Todo fue asumido y conducido hacia el cumplimiento de la promesa. Así, el nacimiento de Cristo no ocurre fuera del tiempo, sino dentro de una historia concreta que Dios fue preparando con paciencia infinita.
El evangelio de hoy nos recuerda que Dios también escribe su obra de salvación en nuestra propia historia, aun cuando nos parece frágil, incompleta o marcada por errores. Jesús nace de una línea humana para sanar lo humano desde dentro. El Adviento nos invita a reconciliarnos con nuestro pasado, a confiar en que Dios no se escandaliza de nuestras debilidades, y a creer que incluso lo que no entendemos hoy puede ser parte del camino por el cual Él viene a nuestro encuentro.
Oración para cada día
Padre, Dios todopoderoso y eterno, hacemos bien en darte gracias siempre y en todo lugar por Jesucristo Nuestro Señor. Cuando se humilló para venir entre nosotros, cumplió el plan que tú formaste hace mucho tiempo y nos abrió el camino de la salvación. Ahora esperamos el día, con la esperanza de que la salvación prometida sea nuestra cuando Cristo venga de nuevo en Su gloria.
Y así, con todos los coros de ángeles en el cielo proclamamos tu gloria y nos unimos a su interminable himno de alabanza: Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios de poder y fortaleza, llenos están el cielo y la tierra de Tu gloria. Hosanna en las alturas. Bendito el que viene en nombre del Señor. Hosanna en las alturas.
Oración Miércoles de la Tercera Semana de Adviento
Niño Jesús, que quisiste nacer dentro de una historia llena de personas imperfectas, de luchas y esperanzas, entra también en mi historia tal como es; sana lo que está herido, redime lo que parece perdido y haz de mi vida un camino donde Tú puedas nacer con alegría, humildad y amor. Amén.
Jueves 3° Semana de Adviento: “Él salvará a su pueblo de sus pecados”
Lectura del Evangelio - Mateo 1, 18-24
Éste fue el origen de Jesucristo: María, su madre, estaba comprometida con José y, cuando todavía no habían vivido juntos, concibió un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era un hombre justo y no quería denunciarla públicamente, resolvió abandonarla en secreto.
Mientras pensaba en esto, el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: “José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo. Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús, porque Él salvará a su Pueblo de todos sus pecados”.
Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por el Profeta: "La Virgen concebirá y dará a luz un hijo a quien pondrán el nombre de Emanuel", que traducido significa: "Dios con nosotros". Al despertar, José hizo lo que el Ángel del Señor le había ordenado: llevó a María a su casa.
En este pasaje contemplamos el misterio silencioso y profundo del Adviento: Dios actúa cuando el corazón humano se abre a la obediencia y a la confianza. José aparece como un hombre justo, herido por una situación que no comprende, pero decidido a no dañar. Antes de hablar, no acusa ni expone, José piensa y sufre en silencio. Y es precisamente allí, en ese silencio lleno de piedad, donde Dios irrumpe. El ángel le revela que lo que parece confusión es, en realidad, obra del Espíritu Santo. El Adviento nos recuerda que muchas veces Dios está obrando incluso cuando no entendemos nada, y que la fe verdadera no siempre ve claro, pero elige confiar.
El nombre del niño —Jesús— revela la misión del Mesías: “Él salvará a su pueblo de sus pecados”. No viene primero a resolver problemas externos, sino a sanar la raíz más profunda del corazón humano. José, al obedecer, se convierte en custodio del misterio de la salvación. En Adviento, somos llamados a imitarlo: a recibir a Dios tal como viene, aunque rompa nuestros planes, y a dejar que Él nos salve desde dentro.
Oración para cada día
Padre, Dios todopoderoso y eterno, hacemos bien en darte gracias siempre y en todo lugar por Jesucristo Nuestro Señor. Cuando se humilló para venir entre nosotros, cumplió el plan que tú formaste hace mucho tiempo y nos abrió el camino de la salvación. Ahora esperamos el día, con la esperanza de que la salvación prometida sea nuestra cuando Cristo venga de nuevo en Su gloria.
Y así, con todos los coros de ángeles en el cielo proclamamos tu gloria y nos unimos a su interminable himno de alabanza: Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios de poder y fortaleza, llenos están el cielo y la tierra de Tu gloria. Hosanna en las alturas. Bendito el que viene en nombre del Señor. Hosanna en las alturas.
Oración Jueves de la Tercera Semana de Adviento:
Niño Dios, Salvador prometido, que vienes a librarnos del pecado y a habitar entre nosotros, entra también en mi vida como entraste en la casa de José; dame un corazón obediente, humilde y confiado, para acoger tu presencia aun cuando no comprenda tus caminos, y permite que este Adviento me prepare para recibirte no solo en Navidad, sino cada día, como mi Dios con nosotros. Amén.
Viernes 3° Semana de Adviento: “No temas, Zacarías; tu súplica ha sido escuchada”
Lectura del Evangelio - Lucas 1, 5-25
En tiempos de Herodes, rey de Judea, había un sacerdote llamado Zacarías, de la clase sacerdotal de Abías. Su mujer, llamada Isabel, era descendiente de Aarón. Ambos eran justos a los ojos de Dios y seguían en forma irreprochable todos los mandamientos y preceptos del Señor. Pero no tenían hijos, porque Isabel era estéril; y los dos eran de edad avanzada.
Un día en que su clase estaba de turno y Zacarías ejercía la función sacerdotal delante de Dios, le tocó en suerte, según la costumbre litúrgica, entrar en el Santuario del Señor para quemar el incienso. Toda la asamblea del pueblo permanecía afuera, en oración, mientras se ofrecía el incienso.
Entonces se le apareció el Ángel del Señor, de pie, a la derecha del altar del incienso. Al verlo, Zacarías quedó desconcertado y tuvo miedo. Pero el Ángel le dijo: “No temas, Zacarías; tu súplica ha sido escuchada. Isabel, tu esposa, te dará un hijo al que llamarás Juan. Él será para ti un motivo de gozo y de alegría, y muchos se alegrarán de su nacimiento, porque será grande a los ojos del Señor. No beberá vino ni licor; estará lleno del Espíritu Santo desde el seno de su madre, y hará que muchos israelitas vuelvan al Señor, su Dios. Precederá al Señor con el espíritu y el poder de Elías, para reconciliar a los padres con sus hijos y atraer a los rebeldes a la sabiduría de los justos, preparando así al Señor un Pueblo bien dispuesto”.
Pero Zacarías dijo al Ángel: “¿Cómo puedo estar seguro de esto? Porque yo soy anciano y mi esposa es de edad avanzada”. El Ángel le respondió: “Yo soy Gabriel, el que está delante de Dios, y he sido enviado para hablarte y anunciarte esta buena noticia. Te quedarás mudo, sin poder hablar hasta el día en que sucedan estas cosas, por no haber creído en mis palabras, que se cumplirán a su debido tiempo”.
Mientras tanto, el pueblo estaba esperando a Zacarías, extrañado de que permaneciera tanto tiempo en el Santuario. Cuando salió, no podía hablarles, y todos comprendieron que había tenido alguna visión en el Santuario. Él se expresaba por señas, porque se había quedado mudo.
Al cumplirse el tiempo de su servicio en el Templo, regresó a su casa. Poco después, su esposa Isabel concibió un hijo y permaneció oculta durante cinco meses. Ella pensaba: “Esto es lo que el Señor ha hecho por mí, cuando decidió librarme de lo que me avergonzaba ante los hombres”.
En este pasaje contemplamos a Zacarías e Isabel como imagen de una esperanza que parecía agotada. Eran justos ante Dios, fieles en el cumplimiento de la Ley, pero cargaban en silencio el dolor de la esterilidad y el paso de los años. En medio de la rutina litúrgica, cuando Zacarías ofrece el incienso, Dios irrumpe y le anuncia que su súplica ha sido escuchada. El Adviento nos recuerda que Dios actúa incluso cuando creemos que ya es tarde, y que ninguna oración sincera se pierde, aunque el tiempo humano parezca contradecir la promesa.
Sin embargo, Zacarías duda, y su incredulidad lo deja en silencio. Ese mutismo no es castigo sin sentido, sino un tiempo de purificación interior: aprender a escuchar más que a hablar, a confiar más que a calcular. Juan, el hijo prometido, será el que prepare el camino del Señor, el que despierte los corazones dormidos y los vuelva hacia Dios. En Adviento, también nosotros somos invitados a atravesar nuestros silencios, miedos y dudas, para dejarnos sorprender por un Dios que cumple sus promesas y prepara en lo oculto la llegada de la salvación.
Oración para cada día
Padre, Dios todopoderoso y eterno, hacemos bien en darte gracias siempre y en todo lugar por Jesucristo Nuestro Señor. Cuando se humilló para venir entre nosotros, cumplió el plan que tú formaste hace mucho tiempo y nos abrió el camino de la salvación. Ahora esperamos el día, con la esperanza de que la salvación prometida sea nuestra cuando Cristo venga de nuevo en Su gloria.
Y así, con todos los coros de ángeles en el cielo proclamamos tu gloria y nos unimos a su interminable himno de alabanza: Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios de poder y fortaleza, llenos están el cielo y la tierra de Tu gloria. Hosanna en las alturas. Bendito el que viene en nombre del Señor. Hosanna en las alturas.
Oración Viernes de la Tercera Semana de Adviento:
Pequeño Jesús, que vienes al mundo como promesa cumplida y esperanza nueva, enséñame a confiar cuando mi fe vacila y mis tiempos no coinciden con los tuyos; entra en mis silencios, sana mis dudas y haz fecundo mi corazón para que, como Juan, pueda preparar un camino digno para Tu venida, esperando con humildad y alegría el día en que nazcas plenamente en mi vida.
Sábado 3° Semana de Adviento: “Yo soy la servidora del Señor, que se haga en mí según tu palabra”.
Lectura del Evangelio - Lucas 1, 26-38
El Ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen que estaba comprometida con un hombre perteneciente a la familia de David, llamado José. El nombre de la virgen era María.
El Ángel entró en su casa y la saludó, diciendo: “¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo”. Al oír estas palabras, ella quedó desconcertada y se preguntaba qué podía significar ese saludo. Pero el Ángel le dijo: “No temas, María, porque Dios te ha favorecido. Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús; Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin”.
María dijo al Ángel: “¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relación con ningún hombre?”. El Ángel le respondió: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios. También tu parienta Isabel concibió un hijo a pesar de su vejez, y la que era considerada estéril, ya se encuentra en su sexto mes, porque no hay nada imposible para Dios”.
María dijo entonces: “Yo soy la servidora del Señor, que se haga en mí según tu palabra”. Y el Ángel se alejó.
Hoy la figura de María se vuelve un espejo en el que estamos llamados a mirarnos. Ella no comprende todo, no tiene el control de lo que vendrá, pero confía. Su “sí” no nace de la seguridad humana, sino de una fe profunda que se abandona totalmente a Dios. María no pone condiciones ni exige explicaciones completas: se ofrece entera, permitiendo que la Palabra de Dios se haga carne en su propia historia. En este gesto silencioso y humilde comienza la salvación del mundo.
El Adviento es aprender de ella: pasar de nuestro temor a su confianza, de nuestra resistencia a su entrega, del negarnos al “hágase”. Dios sigue buscando corazones disponibles para encarnarse hoy, no de manera visible como en Belén, sino a través de nuestra obediencia, nuestra entrega y nuestra docilidad. María nos enseña que la verdadera grandeza no está en comprenderlo todo, sino en dejarnos conducir por Dios, aun cuando el camino no esté claro.
Oración para cada día
Padre, Dios todopoderoso y eterno, hacemos bien en darte gracias siempre y en todo lugar por Jesucristo Nuestro Señor. Cuando se humilló para venir entre nosotros, cumplió el plan que tú formaste hace mucho tiempo y nos abrió el camino de la salvación. Ahora esperamos el día, con la esperanza de que la salvación prometida sea nuestra cuando Cristo venga de nuevo en Su gloria.
Y así, con todos los coros de ángeles en el cielo proclamamos tu gloria y nos unimos a su interminable himno de alabanza: Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios de poder y fortaleza, llenos están el cielo y la tierra de Tu gloria. Hosanna en las alturas. Bendito el que viene en nombre del Señor. Hosanna en las alturas.
Oración Sábado de la Tercera Semana de Adviento:
Niño Jesús, que quisiste venir al mundo por el sí humilde de María, enséñame a confiar como ella, a callar mis miedos y a abrirte mi corazón sin reservas; haz que también en mí se cumpla Tu Palabra, para que nazcas en mi vida, transformes mis dudas en fe y hagas de mi pequeñez un lugar donde Dios pueda habitar. Amén.
Finalizamos con la siguiente oración mientras nos santiguamos
Que el Señor nos bendiga, nos proteja de todo mal y nos lleve a la vida eterna. Amén.
No olvides encender tu corona de adviento (instrucciones y oraciones aquí)
Oraciones para la Cuarta Semana de Adviento
Cuarto domingo de adviento: “Y se llamará Emmanuel, que es Dios con nosotros”
Lectura del Evangelio - Mateo 1,18-24
Éste fue el origen de Jesucristo: María, su madre, estaba comprometida con José y, cuando todavía no habían vivido juntos, concibió un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era un hombre justo y no quería denunciarla públicamente, resolvió abandonarla en secreto.
Mientras pensaba en esto, el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: “José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo. Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús, porque Él salvará a su Pueblo de todos sus pecados”. Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por el Profeta: “La Virgen concebirá y dará a luz un hijo, a quien pondrán el nombre de Emanuel”, que traducido significa: “Dios con nosotros”.
Al despertar, José hizo lo que el Ángel del Señor le había ordenado: llevó a María a su casa.
El cuarto domingo de Adviento nos introduce en el misterio silencioso y profundo de José, un hombre justo que aprende a confiar cuando todo parece confuso. Ante una realidad que no comprende, José no actúa desde el juicio ni desde el miedo, sino desde un corazón recto que busca hacer el bien. En medio de su problema, Dios le habla en sueños y le revela que lo que está sucediendo es, en realidad, obra del Espíritu Santo. Así, el Adviento nos enseña que Dios no siempre irrumpe con ruido, sino muchas veces en el silencio de la fe obediente.
El nombre anunciado —Emmanuel, “Dios con nosotros”— no es solo un título, sino una promesa viva. Dios no permanece lejano frente a nuestras luchas, dudas o fragilidades; Él decide habitar nuestra historia desde dentro. En Jesús, Dios entra en la complejidad de la vida humana, asumiendo nuestra carne, nuestros miedos y nuestras heridas. Adviento es el tiempo para reconocer que no estamos solos, que incluso en lo que no entendemos, Dios ya está actuando.
José, al despertar, hace lo que el Señor le había mandado. No pide más señales, no exige garantías: confía y obedece. Su respuesta nos invita a preparar el corazón no solo con palabras o emociones, sino con decisiones concretas. Recibir a Jesús como Emmanuel implica abrirle la casa del alma, permitirle quedarse, y creer que su presencia transforma lo ordinario en salvación. Así, el Adviento culmina no solo esperando su nacimiento, sino acogiendo a este Dios que viene a quedarse para siempre.
Oración para cada día
Padre, Dios todopoderoso y eterno, hacemos bien en darte gracias siempre y en todo lugar por Jesucristo Nuestro Señor. Cuando se humilló para venir entre nosotros, cumplió el plan que tú formaste hace mucho tiempo y nos abrió el camino de la salvación. Ahora esperamos el día, con la esperanza de que la salvación prometida sea nuestra cuando Cristo venga de nuevo en Su gloria.
Y así, con todos los coros de ángeles en el cielo proclamamos tu gloria y nos unimos a su interminable himno de alabanza: Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios de poder y fortaleza, llenos están el cielo y la tierra de Tu gloria. Hosanna en las alturas. Bendito el que viene en nombre del Señor. Hosanna en las alturas.
Oración
Niño Jesús, Emmanuel, Dios con nosotros, ven a habitar en mi vida como entraste en la casa de José y María; dame un corazón confiado para creer cuando no entiendo, humilde para obedecer Tu Voluntad y abierto para recibirte sin miedo; quédate conmigo en mis silencios, en mis dudas y en mis esperas, y enséñame a vivir estos últimos días de Adviento con fe sincera, para que cuando nazcas en mi corazón, me encuentres dispuesto a caminar contigo. Amén.
Lunes 4° Semana de Adviento: “Todas las generaciones me llamarán bienaventurada”
Lectura del Evangelio - Lucas 1, 46-55
María dijo: Mi alma canta la grandeza del Señor, y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi Salvador, porque él miró con bondad la pequeñez de su servidora. En adelante todas las generaciones me llamarán feliz, porque el Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas: ¡su Nombre es santo! Su misericordia se extiende de generación en generación sobre aquéllos que lo temen. Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los soberbios de corazón. Derribó a los poderosos de su trono, y elevó a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos y despidió a los ricos con las manos vacías. Socorrió a Israel, su servidor, acordándose de su misericordia, como lo había prometido a nuestros padres, en favor de Abraham y de su descendencia para siempre.
El canto del Magníficat brota del corazón humilde de María y nos revela cómo actúa Dios en la historia: Él mira la pequeñez, se inclina hacia los sencillos y realiza en ellos maravillas. En Adviento, este himno nos enseña que la verdadera grandeza no está en el poder ni en el reconocimiento humano, sino en dejar que Dios haga su obra en nosotros. María no se engrandece a sí misma; todo lo atribuye al Señor, y por eso su vida se convierte en un signo de esperanza para todas las generaciones.
Mientras el mundo exalta la autosuficiencia, María proclama la misericordia de Dios que levanta a los humildes y sacia a los hambrientos. En este tiempo de espera, su canto nos invita a revisar el corazón: ¿confiamos en nuestras propias fuerzas o dejamos espacio a la gracia? El Adviento es aprender a alegrarnos porque Dios viene a transformar la historia desde lo pequeño, desde lo oculto, desde un corazón que se abre con fe y disponibilidad.
Oración para cada día
Padre, Dios todopoderoso y eterno, hacemos bien en darte gracias siempre y en todo lugar por Jesucristo Nuestro Señor. Cuando se humilló para venir entre nosotros, cumplió el plan que tú formaste hace mucho tiempo y nos abrió el camino de la salvación. Ahora esperamos el día, con la esperanza de que la salvación prometida sea nuestra cuando Cristo venga de nuevo en Su gloria.
Y así, con todos los coros de ángeles en el cielo proclamamos tu gloria y nos unimos a su interminable himno de alabanza: Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios de poder y fortaleza, llenos están el cielo y la tierra de Tu gloria. Hosanna en las alturas. Bendito el que viene en nombre del Señor. Hosanna en las alturas.
Oración
Niño Dios, que vienes al mundo por el “sí” humilde de María, enséñame a reconocer las maravillas que Dios quiere obrar también en mi pequeñez; dame un corazón sencillo y agradecido, capaz de alegrarse en Tu presencia, para que mi vida proclame, como la de Tu Madre, la grandeza y la misericordia del Señor. Amén.
Martes 4° Semana de Adviento: “Su nombre es Juan”
Lectura del Evangelio - Lucas 1, 57-66
Cuando llegó el tiempo en que Isabel debía ser madre, dio a luz un hijo. Al enterarse sus vecinos y parientes de la gran misericordia con que Dios la había tratado, se alegraban con ella. A los ocho días, se reunieron para circuncidar al niño, y querían llamarlo Zacarías, como su padre; pero la madre dijo: “No, debe llamarse Juan”.
Ellos le decían: “No hay nadie en tu familia que lleve ese nombre”. Entonces preguntaron por señas al padre qué nombre quería que le pusieran. Éste pidió una pizarra y escribió: “Su nombre es Juan”. Todos quedaron admirados. Y en ese mismo momento, Zacarías recuperó el habla y comenzó a alabar a Dios.
Este acontecimiento produjo una gran impresión entre la gente de los alrededores, y se lo comentaba en toda la región montañosa de Judea. Todos los que se enteraron guardaban este recuerdo en su corazón y se decían: “¿Qué llegará a ser este niño?” Porque la mano del Señor estaba con él.
El nacimiento de Juan Bautista nos recuerda que Dios siempre cumple sus promesas, incluso cuando todo parece humanamente imposible. Isabel, antes considerada estéril, da a luz un hijo en el tiempo de Dios, y su alegría se transforma en signo para todos. El nombre del niño no responde a la tradición familiar, sino a la voluntad divina: “Su nombre es Juan”. En Adviento, este detalle nos enseña que Dios tiene un proyecto único para cada vida y que su plan no se ajusta a nuestras expectativas, sino que nos invita a confiar y obedecer.
Cuando Zacarías acepta el nombre que Dios ha elegido, recupera el habla y estalla en alabanza. La fe obediente rompe el silencio, libera el corazón y abre camino a la misión. Juan será el precursor, el que prepare al pueblo para la venida del Señor. En este tiempo de Adviento, el nacimiento de Juan nos llama a preguntarnos también nosotros: ¿estamos dispuestos a dejar que Dios escriba nuestra historia, incluso cuando no entendemos del todo? Preparar el camino al Señor comienza por escuchar su voz y permitir que su voluntad tenga la última palabra.
Oración para cada día
Padre, Dios todopoderoso y eterno, hacemos bien en darte gracias siempre y en todo lugar por Jesucristo Nuestro Señor. Cuando se humilló para venir entre nosotros, cumplió el plan que tú formaste hace mucho tiempo y nos abrió el camino de la salvación. Ahora esperamos el día, con la esperanza de que la salvación prometida sea nuestra cuando Cristo venga de nuevo en Su gloria.
Y así, con todos los coros de ángeles en el cielo proclamamos tu gloria y nos unimos a su interminable himno de alabanza: Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios de poder y fortaleza, llenos están el cielo y la tierra de Tu gloria. Hosanna en las alturas. Bendito el que viene en nombre del Señor. Hosanna en las alturas.
Oración
Pequeño Jesús, que vienes a nuestro encuentro en la sencillez y en el silencio, enséñanos a confiar en los tiempos de Dios como lo hicieron Isabel y Zacarías; ayúdanos a obedecer Tu voluntad aunque rompa nuestros esquemas, y haz de nuestro corazón un camino preparado para Tu llegada, y que nuestra vida sea alabanza y testimonio de Tu amor. Amén.
Miércoles 4° Semana de Adviento: “Tú, niño, serás llamado Profeta del Altísimo”
Lectura del Evangelio - Lucas 1, 67-79
Zacarías, el padre de Juan, quedó lleno del Espíritu Santo y dijo proféticamente: Bendito sea el Señor, el Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su Pueblo, y nos ha dado un poderoso Salvador en la casa de David, su servidor, como lo había anunciado mucho tiempo antes por boca de sus santos profetas, para salvarnos de nuestros enemigos y de las manos de todos los que nos odian.
Así tuvo misericordia de nuestros padres y se acordó de su santa Alianza, del juramento que hizo a nuestro padre Abraham de concedernos que, libres de temor, arrancados de las manos de los enemigos, lo sirvamos en santidad y justicia bajo su mirada, durante toda nuestra vida.
Y tú, niño, serás llamado Profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor preparando sus caminos, para hacer conocer a su Pueblo la salvación mediante el perdón de los pecados; gracias a la misericordiosa ternura de nuestro Dios, que nos traerá del cielo la visita del Sol naciente, para iluminar a los que están en las tinieblas y en la sombra de la muerte, y guiar nuestros pasos por el camino de la paz.
En el canto profético de Zacarías, la historia entera parece detenerse para contemplar la fidelidad de Dios. Después del silencio y la espera, brota la alabanza: el Señor ha visitado a su Pueblo, ha cumplido sus promesas y ha enviado un Salvador. En este contexto de Adviento, la figura de Juan Bautista aparece como signo de esperanza: un niño pequeño, frágil a los ojos del mundo, pero elegido para preparar los caminos del Señor. Dios actúa en lo humilde y lo escondido, y su plan de salvación avanza incluso cuando parece lento o invisible.
Este Evangelio nos recuerda que nadie nace por casualidad y que toda vida tiene una misión. Juan será llamado “Profeta del Altísimo” porque su tarea será señalar la luz que viene, anunciar el perdón y despertar los corazones dormidos. Adviento es precisamente ese tiempo en que Dios quiere guiarnos “por el camino de la paz”, sacándonos de las tinieblas del miedo, del pecado y de la desesperanza. Mientras esperamos el nacimiento de Jesús, somos invitados a dejarnos iluminar por el “Sol naciente”, permitiendo que su misericordia ordene nuestra vida y prepare en nosotros un lugar para Él.
Oración para cada día
Padre, Dios todopoderoso y eterno, hacemos bien en darte gracias siempre y en todo lugar por Jesucristo Nuestro Señor. Cuando se humilló para venir entre nosotros, cumplió el plan que tú formaste hace mucho tiempo y nos abrió el camino de la salvación. Ahora esperamos el día, con la esperanza de que la salvación prometida sea nuestra cuando Cristo venga de nuevo en Su gloria.
Y así, con todos los coros de ángeles en el cielo proclamamos tu gloria y nos unimos a su interminable himno de alabanza: Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios de poder y fortaleza, llenos están el cielo y la tierra de Tu gloria. Hosanna en las alturas. Bendito el que viene en nombre del Señor. Hosanna en las alturas.
Oración
Niño Jesús, luz que viene del cielo para iluminar nuestras sombras, Te pedimos que prepares también nuestro corazón como Juan preparó Tu camino; límpianos con Tu perdón, guíanos por sendas de paz y haznos instrumentos de Tu amor, para que, al celebrar Tu nacimiento, vivamos reconciliados, confiados y llenos de esperanza. Amén.
Finalizamos con la siguiente oración mientras nos santiguamos
Que el Señor nos bendiga, nos proteja de todo mal y nos lleve a la vida eterna. Amén.
No olvides encender tu corona de adviento (instrucciones y oraciones aquí)
Esta última semana llega hasta día miércoles, el siguiente día corresponde a Navidad.