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Nuestra señora de Altagracia

Nuestra señora de Altagracia
Nuestra Señora de la Altagracia: Madre y Protectora del pueblo dominicano

Nuestra Señora de la Altagracia es una de las advocaciones marianas más importantes de la República Dominicana. Su devoción está profundamente vinculada a la historia y a la identidad religiosa del pueblo dominicano, especialmente en torno al santuario de Higüey, en la provincia de La Altagracia. Su fiesta se celebra cada 21 de enero, fecha que además es día de fiesta legal en la República Dominicana desde 1924.

La Santa Sede y la Iglesia dominicana la han presentado repetidamente como Madre y Protectora del pueblo dominicano. En 2022, con ocasión del centenario de su coronación canónica, el papa Francisco la llamó precisamente «Madre y Protectora de vuestro pueblo».

¿Qué significa «Altagracia»?

El título «Altagracia» se ha interpretado tradicionalmente en la devoción cristiana como una referencia a la alta gracia concedida por Dios a María, especialmente por haber sido elegida para ser Madre de Jesucristo.

Esta interpretación encuentra un profundo sentido en la propia oración de san Juan Pablo II ante la imagen en 1992. El Papa relacionó el nombre de Altagracia con las palabras del ángel a María: «llena de gracia», y contempló en el cuadro el misterio de la Encarnación y el nacimiento de Cristo.

Desde la fe católica, María recibió una gracia singular al ser elegida para la maternidad divina. El Catecismo enseña que la Iglesia confiesa a María como verdadera Madre de Dios (Theotokos) y que su santidad es un don recibido de Dios en atención a los méritos de Cristo.

Cuando contemplamos a María como la «llena de gracia», no estamos atribuyéndole una grandeza independiente de Dios. Toda gracia recibida por ella procede de Dios y conduce hacia Cristo, su Hijo y nuestro Salvador.

Origen e historia de la devoción

Raíces en España

La tradición de la advocación de la Altagracia está vinculada a Extremadura, España, especialmente a localidades como Garrovillas de Alconétar y Siruela.

Existen distintas tradiciones acerca del origen de esta advocación en España. Estas narraciones no deben confundirse con la historia documentada de la imagen que actualmente se venera en Higüey. Por ello, no es posible afirmar con seguridad histórica todos los detalles de las antiguas leyendas sobre su origen español.

Lo que sí está mejor documentado es que la imagen venerada en Higüey llegó a La Española a comienzos del siglo XVI y quedó vinculada desde muy temprano a los hermanos Alonso y Antonio de Trejo, naturales de Plasencia, en Extremadura.

Llegada a América

Una de las fuentes históricas fundamentales para conocer los primeros años de la devoción es la Relación Sumaria de la Isla Española, escrita en 1650 por el canónigo Luis Gerónimo de Alcocer.

Alcocer afirma que la imagen estaba en la villa de Higüey y que había sido llevada a la isla por dos hidalgos naturales de Plasencia, Alonso y Antonio de Trejo, quienes fueron de los primeros pobladores cristianos de la isla. Según su testimonio, los hermanos habían experimentado algunos favores extraordinarios atribuidos a la imagen y la colocaron para mayor veneración en la iglesia parroquial de Higüey, donde eran vecinos y tenían haciendas.

El testimonio de Alcocer es especialmente valioso porque fue escrito en 1650, cuando la devoción ya tenía una larga historia en Higüey.

El propio documento dice:

«La imagen milagrosa de Nuestra Señora de la Altagracia está en la villa de Higüey…»

y atribuye su llegada a los hermanos Alonso y Antonio de Trejo.

La referencia documental a una cédula real de 1506 permite situar a los hermanos Trejo entre los primeros pobladores de la isla. Sin embargo, esto no permite establecer con absoluta precisión el año exacto en que el cuadro llegó a Higüey.

La tradición histórica posterior sitúa su presencia en la región desde los primeros años del siglo XVI. San Juan Pablo II, en su homilía en Higüey de 1992, señaló que desde 1514 la presencia de Nuestra Señora de la Altagracia había acompañado a los dominicanos.

La imagen de Nuestra Señora de la Altagracia

Descripción

El testimonio de Alcocer de 1650 describe la imagen como una pintura sobre un lienzo muy delgado y señala que representa el Nacimiento de Jesús, con Nuestra Señora delante del Niño y san José detrás.

Los estudios y descripciones posteriores sitúan la ejecución del cuadro probablemente en España, a comienzos del siglo XVI. Una tradición de estudios iconográficos lo relaciona con la escuela sevillana y con influencias flamencas, aunque la autoría concreta no está establecida con certeza. La imagen ha sido objeto de varias restauraciones, incluida una importante realizada en España en 1978.

Por tanto, conviene evitar afirmar como hecho demostrado que conocemos al autor del cuadro o que pertenece definitivamente a una escuela artística determinada.

Iconografía y simbolismo

La imagen representa el misterio de la Natividad de Jesucristo.

San Juan Pablo II realizó una interpretación particularmente importante del cuadro durante su visita a Higüey en 1992. Para el Papa, todo lo que aparece en la pintura constituye una expresión del misterio de la Encarnación anunciado por el Evangelio.

La Virgen aparece recogida y en actitud de adoración ante su Hijo. El Niño Jesús ocupa el centro del misterio representado, mientras san José aparece detrás de María.

Uno de los elementos más característicos es el rayo luminoso que desciende sobre María. La tradición iconográfica de la Altagracia lo relaciona con el misterio de la concepción y nacimiento virginal de Cristo por obra del Espíritu Santo. Esta interpretación concuerda con la enseñanza de la Iglesia sobre la concepción virginal de Jesús.

También destaca la estrella de Belén, relacionada con el nacimiento del Salvador.

Algunos estudios y tradiciones devocionales han atribuido significados específicos a las estrellas, los colores del vestido, el velo, la corona y otros elementos de la pintura. Sin embargo, no todos esos significados pueden demostrarse históricamente como intenciones originales del artista. Por ello, es preferible distinguir entre la iconografía objetivamente visible y las interpretaciones espirituales desarrolladas posteriormente por la tradición devocional.

El centro de la imagen: Cristo

La interpretación más segura y fundamental es la que ofreció san Juan Pablo II: la pintura debe contemplarse a la luz del misterio de la Encarnación del Hijo de Dios.

El Papa dijo ante la imagen:

«Todo cuanto se ve en el cuadro bendito […] es expresión limpia y pura de lo que el Evangelio nos dice sobre el misterio de la encarnación del Hijo de Dios».

Así, la imagen no dirige la atención hacia María como si ella fuera el centro último de la salvación. María aparece adorando a Cristo y mostrando al Salvador.

Reflexión: Contemplar a la Virgen de la Altagracia es contemplar también a Cristo. María aparece recogida ante su Hijo, enseñándonos que toda verdadera devoción mariana termina conduciendo al misterio de Jesús.

La tradición del incendio de Higüey

Una antigua tradición relacionada con la devoción de Higüey cuenta que, durante un incendio ocurrido en la población, los habitantes recurrieron a la intercesión de la Virgen y llevaron su imagen en procesión. Según el relato tradicional, el fuego se detuvo y el pueblo atribuyó este hecho a la intervención de Nuestra Señora.

Esta narración forma parte de la memoria religiosa y popular de la devoción, pero debe distinguirse de los acontecimientos cuya existencia podemos establecer mediante documentación histórica contemporánea.

Por ello, es más preciso hablar de una tradición de un hecho milagroso que presentar el incendio y su desenlace sobrenatural como hechos históricamente demostrados.

La misma fuente de 1650 de Alcocer ya hablaba de «misericordias» y de algunos milagros que los hermanos Trejo habían experimentado en relación con la imagen.

El 21 de enero y la Batalla de Sabana Real

¿Por qué se celebra el 21 de enero?

La celebración del 21 de enero está estrechamente relacionada con la historia de la devoción en la República Dominicana.

El 21 de enero de 1691 tuvo lugar la Batalla de Sabana Real, también conocida como batalla de La Limonada, entre fuerzas españolas y francesas en la parte oriental de la isla.

La tradición dominicana relacionó la victoria española con la intercesión de Nuestra Señora de la Altagracia. Según esta tradición, los habitantes y combatientes recurrieron a la Virgen y posteriormente hicieron un voto de celebrar su fiesta. La documentación histórica posterior vinculó la celebración del 21 de enero con este acontecimiento. Con el tiempo, la celebración de esa fecha adquirió una importancia cada vez mayor.

En 1767, el arzobispo fray Isidoro Rodríguez Lorenzo aprobó la celebración anual de la fiesta en honor de la Altagracia. Posteriormente, la celebración recibió reconocimiento civil.

En 1924, la República Dominicana estableció legalmente el 21 de enero como día de fiesta mediante la Ley n.º 70.

La coronación canónica de 1922

Uno de los momentos fundamentales de la historia moderna de la devoción fue la coronación canónica de la imagen.

El arzobispo de Santo Domingo, Adolfo Alejandro Nouel, solicitó a la Santa Sede la autorización correspondiente. El papa Benedicto XV concedió el permiso mediante un breve de fecha 14 de julio de 1920.

La coronación se realizó solemnemente el 15 de agosto de 1922, en la Puerta del Conde, en Santo Domingo.

Por tanto, es importante precisar que:

Benedicto XV autorizó la coronación en 1920; la coronación se realizó en 1922, durante el pontificado de Pío XI.

El acontecimiento marcó profundamente la historia de la devoción y fue celebrado como una manifestación de la identidad religiosa del pueblo dominicano. El Museo de la Altagracia señala que la coronación tuvo lugar en la Puerta del Conde y que se había obtenido previamente el permiso de Benedicto XV.

La Altagracia y la República Dominicana

La relación entre la Virgen de la Altagracia y la nación dominicana es particularmente profunda.

En documentos y discursos eclesiales se utilizan expresiones como Madre, Protectora y Patrona para referirse a ella. De hecho, en su oración del 12 de octubre de 1992, san Juan Pablo II se dirigió a la imagen llamándola explícitamente:

«Patrona de la República Dominicana».

Sin embargo, para evitar confusiones históricas y jurídicas, es preferible no presentar la expresión «Patrona Oficial de la República Dominicana» como si hubiera existido necesariamente una única proclamación pontificia en 1922 con ese texto.

La terminología oficial y pastoral ha utilizado también de manera muy significativa el título de Madre y Protectora del pueblo dominicano.

En 2022, el papa Francisco utilizó precisamente esta última expresión:

«Nuestra Señora de la Altagracia, Madre y Protectora de vuestro pueblo».

Esta formulación resulta especialmente apropiada para describir la relación espiritual entre la Virgen y el pueblo dominicano.

La Basílica-Catedral de Higüey

La actual Basílica-Catedral Nuestra Señora de la Altagracia, en Higüey, constituye el principal santuario de esta devoción.

La construcción del actual templo comenzó en 1954 y concluyó en 1971.

La primera visita de san Juan Pablo II a la República Dominicana tuvo lugar en 1979. Durante esa visita, el Papa acudió al santuario de Higüey y bendijo el templo, acontecimiento que quedó profundamente vinculado a la historia contemporánea de la Basílica.

Posteriormente, el 12 de octubre de 1992, Juan Pablo II regresó al santuario y celebró allí la Santa Misa. En esa ocasión realizó también la coronación personal de la imagen, durante su segunda visita a la República Dominicana.

Juan Pablo II ante la Virgen de la Altagracia

La visita de Juan Pablo II a Higüey en 1992 constituye una de las fuentes más importantes para comprender el significado espiritual de la imagen.

En su homilía, el Papa destacó que generaciones de dominicanos habían acudido a la Basílica para honrar a la Virgen y presentó el santuario como un lugar profundamente unido a la historia cristiana del país.

También contempló la imagen desde el misterio de Cristo:

«El Nacimiento de tu Hijo, Verbo encarnado».

En su oración de consagración de la República Dominicana a la Virgen, Juan Pablo II contempló a María como aquella que conduce a Cristo y proclamó:

«Tú eres la “llena de gracia”».

Esta perspectiva es fundamental: la devoción a la Altagracia no sustituye a Cristo, sino que encuentra en Él su centro y su finalidad.

La Rosa de Oro del papa Francisco

En 2022 se celebró el centenario de la coronación canónica de la imagen.

Con ocasión del Año Jubilar Altagraciano, el papa Francisco dirigió un mensaje al pueblo dominicano. En él llamó a Nuestra Señora de la Altagracia:

«Madre y Protectora de vuestro pueblo».

El Papa destacó que la devoción a la Virgen constituye un signo de las raíces cristianas de la nación dominicana y exhortó a los fieles a fortalecer su amor por Jesús y por la Iglesia, siguiendo el ejemplo y la intercesión de María.

Como expresión de su homenaje, Francisco envió una Rosa de Oro, que fue colocada a los pies de la imagen durante las celebraciones del centenario.

Cada año, especialmente en torno al 21 de enero, miles de fieles se dirigen hacia Higüey para venerar a Nuestra Señora de la Altagracia.

La peregrinación forma parte de una tradición profundamente arraigada en la vida religiosa dominicana. Los fieles acuden para:

  • agradecer favores recibidos;
  • pedir la intercesión de la Virgen;
  • cumplir promesas;
  • encomendar a sus familias;
  • pedir fortaleza en momentos de enfermedad o dificultad;
  • participar en la celebración de la Eucaristía.

La devoción también acompaña a los dominicanos que viven fuera de su país, convirtiéndose en un importante vínculo espiritual y cultural con la República Dominicana.

La Santa Sede ha reconocido esta devoción como una expresión profundamente arraigada de la fe del pueblo dominicano. Francisco, en 2022, pidió precisamente que los fieles fortalecieran su amor a Jesús y a la Iglesia por medio del ejemplo y la intercesión de María.

Peregrinar hacia Higüey no es solamente recorrer una distancia. Para muchos creyentes significa presentar ante Dios sus necesidades, agradecer sus dones y renovar su confianza, acompañados por la intercesión maternal de María.

La devoción a la Altagracia en el contexto de la fe

La devoción a Nuestra Señora de la Altagracia debe entenderse dentro de la totalidad de la vida cristiana.

No consiste simplemente en venerar una imagen o acudir anualmente a un santuario. La verdadera devoción mariana conduce a una vida más profundamente centrada en Jesucristo, en la oración, en los sacramentos, en la caridad y en la vida de la Iglesia.

San Juan Pablo II insistió precisamente en esta dimensión cristocéntrica al contemplar la imagen de la Altagracia. María aparece adorando a su Hijo y mostrando al Salvador.

Por eso, la devoción mariana auténtica no compite con Cristo.

María lleva a Cristo.

El Catecismo enseña que la veneración a la Virgen, aunque singular, es esencialmente diferente de la adoración debida a Dios y que favorece poderosamente la vida cristiana.

Toda devoción a la Virgen debe ayudarnos a amar más a Jesús. María misma nos enseña esta actitud cuando, en el Evangelio, orienta a los servidores hacia su Hijo: «Hagan lo que Él les diga» (Jn 2,5).