
La Asunción de la Virgen María es un dogma de fe proclamado por el Papa Pío XII en el año 1950 (Constitución Munificentissimus Deus), y comentado por San Juan Pablo II en 1997.
El siguiente texto es una versión resumida y reescrita en lenguaje sencillo de la narración de la beata Ana Catalina Emmerick (1774-1824). El texto original es bastante más extenso y contiene muchísimos más detalles.
La Santa Virgen descansaba tranquila en su camastro, y parecía que su hora de muerte había llegado. Llevaba puesto un vestido de noche y su velo estaba recogido en un cuadro sobre la frente. En los últimos días no había tomado casi nada, salvo de vez en cuando una cucharada de jugo de frutas amarillas que su sirvienta le preparaba.
Cuando la Virgen supo que su hora se acercaba, quiso, conforme a la Voluntad de Dios, bendecir a los presentes y despedirse de ellos. Su dormitorio estaba despejado, y se sentó en la cama; su rostro se mostraba blanco, resplandeciente y como completamente iluminado.
Primero llegaron los Apóstoles, que entraron uno a uno al dormitorio de María y se arrodillaron junto a su cama. Ella los bendijo a todos, cruzando las manos sobre sus cabezas y tocándoles suavemente la frente.
A todos habló y cumplió todo lo que Jesús le había ordenado. Habló a Juan sobre las disposiciones que debía tomar para su sepultura y le pidió que entregara sus vestidos a su sirvienta y a otra mujer pobre que solía ayudarla. Después de los Apóstoles, los discípulos se acercaron al lecho de María y recibieron de ella su bendición; lo mismo hicieron las mujeres.
Los Apóstoles habían preparado un altar en el oratorio cercano al lecho de la Santa Virgen. La sirvienta había traído una mesa cubierta de manteles blanco y rojo, sobre la cual brillaban lámparas y cirios encendidos. María, pálida y silenciosa, miraba fijamente el cielo; no hablaba con nadie y parecía sumida en un éxtasis profundo.

Estaba iluminada por el deseo. Pedro se acercó a ella y le administró la Extremaunción, de manera similar a como se realiza hoy en día, y luego le presentó el Santísimo Sacramento.
La Madre de Dios se enderezó para recibirlo y luego cayó suavemente sobre su almohada. Los Apóstoles oraron durante un tiempo, y María volvió a incorporarse para recibir la sangre del Cáliz que le presentó Juan. En el momento en que la Virgen recibió la Sagrada Eucaristía, vi que una luz resplandeciente la envolvía, sumiéndola en un éxtasis profundo. Su rostro lucía fresco y risueño, como en su juventud, y sus ojos, llenos de alegría, miraban al cielo.
Entonces, el techo de la alcoba desapareció, y a través del cielo abierto pude ver la Jerusalén Celestial. De allí bajaban dos nubes brillantes, en las que se distinguían innumerables ángeles, y entre ellos se formaba un camino luminoso que llegaba hasta la Santa Virgen.
La Virgen extendió los brazos hacia él con un deseo inmenso, y su cuerpo se elevó en el aire, meciéndose sobre la cama de tal manera que se veía un espacio entre su cuerpo y el lecho. Desde ella se percibía algo parecido a una montaña esplendorosa que se elevaba hasta la Jerusalén Celestial.
Creo que era su alma, porque entonces vi con mayor claridad una figura brillante, infinitamente pura, que salía de su cuerpo y se elevaba por la Vía Luminosa que conducía al Cielo. Los dos coros de ángeles que estaban en las nubes se reunieron un poco más abajo de su alma y la separaron de su cuerpo, que en el momento de la separación cayó sobre la cama con los brazos cruzados sobre el pecho.
El tránsito de la Santísima Virgen tuvo lugar a la hora nona, la misma hora en que había muerto su Divino Hijo en la Cruz.
Mis ojos, abiertos y atentos, siguieron el alma purísima e inmaculada de María. La vi entrar en la Jerusalén Celestial y llegar al Trono de la Santísima Trinidad. Allí, un gran número de almas, entre las cuales reconocí a los Santos Joaquín y Ana, a José, Isabel, Zacarías y Juan Bautista, vinieron a recibirla con un júbilo respetuoso.
Ella tomó su vuelo a través de ellos hasta el Trono de Dios y de su Hijo, quien, haciendo brillar sobre todo lo demás la luz que emanaba de sus llagas, la recibió con un amor totalmente Divino, la presentó como un cetro y le mostró la Tierra bajo sus pies, como si le confiriese algún Poder Celestial.
Después de esta visión, vi resplandecer el cuerpo de la Santa Virgen. Reposaba sobre el lecho, con el rostro luminoso, los ojos cerrados y los brazos cruzados sobre su pecho. Los Apóstoles, discípulos y santas mujeres estaban arrodillados alrededor del cuerpo, orando.
Luego vi que las santas mujeres extendieron un lienzo sobre el Santo Cuerpo, mientras los Apóstoles y los discípulos se retiraban hacia la parte anterior de la casa. Las mujeres, cubiertas con sus vestidos y velos, se sentaron en el suelo y, ya arrodilladas o sentadas, cantaban fúnebres lamentaciones. Los Apóstoles y discípulos se cubrieron la cabeza con la banda de tela que llevaban alrededor del cuello y celebraron un oficio funerario, orando alternativamente a la cabeza y a los pies del Santo Cuerpo.
Luego, las mujeres retiraron de la cama el Santo Cuerpo con todos sus vestidos y lo colocaron en una larga canasta llena de gruesas coberturas y esteras, de manera que quedaba elevado sobre ella. También cortaron los hermosos bucles del cabello de la Santa Virgen y los conservaron como recuerdo.
A continuación, envolvieron el Santo Cuerpo con lienzos, desde los tobillos hasta el pecho. Luego lo depositaron en el ataúd y colocaron sobre su pecho una corona de flores blancas, encarnadas y celestes, como símbolo de su Virginidad.
Después, los Apóstoles, los discípulos y todos los presentes entraron para contemplar una vez más el Santo Rostro antes de que fuera cubierto. Se arrodillaron y lloraron alrededor del Cuerpo, todos tocaron las manos atadas de Nuestra Madre María como despedida y luego se retiraron.
Las mujeres también le dieron sus últimos adioses. Luego colocaron el ataúd sobre unas andas, y Pedro y Juan lo llevaron a hombros fuera de la casa.
Más tarde, vi que el féretro era transportado por seis Apóstoles. Al llegar a la sepultura, colocaron el Santo Cuerpo en tierra, y cuatro de ellos lo llevaron a la caverna, depositándolo en el lecho sepulcral. Todos los presentes entraron uno por uno, esparcieron aromas y flores a su alrededor, se arrodillaron orando y derramando lágrimas, y luego se retiraron.
Por la noche, muchos Apóstoles y santas mujeres oraban y cantaban cánticos en el pequeño jardín frente a la tumba. Vi que una vía luminosa muy ancha descendía del cielo hacia el sepulcro, y que allí se movía un resplandor formado por tres esferas llenas de ángeles y almas bienaventuradas, que rodeaban a Nuestro Señor y al alma resplandeciente de María.
La figura de Jesucristo, con rayos que emanaban de sus cicatrices, se movía delante de la Virgen. Cuando esta visión, cada vez más intensa y distinta, llegó hasta la tumba, vi una vía luminosa que se extendía desde allí hasta la Jerusalén Celestial. Entonces, el alma de la Santísima Virgen, que seguía a Jesús, descendió a la tumba atravesando la roca y, uniéndose a su Cuerpo transfigurado, clara y brillante, se elevó junto a María, acompañada de su Divino Hijo y del coro de los Espíritus Bienaventurados, hacia la Jerusalén Celestial. Toda esa luz desapareció allí, y ya no vi sobre la Tierra más que la bóveda silenciosa del cielo estrellado.
Como Santo Tomás no había llegado a tiempo para despedirse de la Madre ni pudo asistir al Santo Entierro, se encontraba triste, lloroso y lamentándose.
Interiormente, él tenía un deseo vehemente de verla por última vez y así lo comunicó a los demás. Ya habían pasado varios días desde el entierro, y todos quisieron acceder a la petición de Tomás. A la mañana siguiente, emprendieron el camino hacia el Sepulcro de Nuestra Santa Madre.
Frente al Sepulcro, retiraron la piedra que sellaba la entrada, y de la bóveda emanaba un suave aroma a rosas frescas. Todos, al percibir ese perfume, se sintieron conmovidos y perplejos.
Entraron al Santo Sepulcro, hasta el lugar donde habían depositado el ataúd con el Cuerpo Santísimo de la Virgen María, y la emoción y sorpresa entre ellos fue enorme al ver que en el sitio solo había rosas frescas, fragantes y olorosas. Esto significaba que el Señor había venido a buscar a su Santísima Madre para llevarla a Su Gloria Celestial, evitando así que su Cuerpo sufriera corrupción.
5 grandes ideas que aparecen en el texto de la beata Ana Catalina:
- María muere entregada a la voluntad de Dios. El relato comienza mostrando a María consciente de que ha llegado su hora y preocupada por bendecir y despedirse de los demás.
- La Eucaristía ocupa un lugar central. Es particularmente significativo que, antes de su partida, María reciba el Santísimo Sacramento. El relato presenta su muerte en un contexto profundamente eucarístico.
- La separación del alma y el cuerpo no es el final. El relato describe primero la partida del alma de María y después su reunión con el cuerpo glorificado. Esta es una imagen muy potente para hablar de la esperanza cristiana en la resurrección.
- El cuerpo de María no queda abandonado a la corrupción. El sepulcro aparece vacío y perfumado con rosas. El relato utiliza este elemento para expresar visualmente la idea de que María fue llevada a la gloria también en cuerpo y alma.
- Cristo es quien recibe y glorifica a María. Esto es fundamental: María no asciende por su propio poder. Es Cristo quien sale a su encuentro, la recibe y la lleva a la gloria. Por eso hablamos de Asunción, mientras que de Jesús hablamos de Ascensión.
Una precisión importante: Este texto no debe entenderse como si fuera una descripción histórica de lo que efectivamente ocurrió. Corresponde a un relato de una revelación privada recibida por la beata Ana Catalina Emmerick. La Iglesia distingue entre la doctrina de la Asunción —que es dogma de fe— y los detalles provenientes de revelaciones privadas o relatos visionarios.
Puedes conocer más acerca en el post ¿Qué son las revelaciones privadas?



