
Nuestra Iglesia Católica es mucho más grande de lo que podemos ver aquí en la tierra. No está formada solamente por quienes vivimos en este mundo, sino también por las almas que se purifican en el purgatorio y por quienes ya gozan de la presencia de Dios en el Cielo. A estos tres estados de nuestra Iglesia los conocemos tradicionalmente como Iglesia militante, purgante y triunfante.
Aunque se distinguen tres estados, nuestra Iglesia es una sola, fundada por Jesucristo, quien es su Cabeza, y todos sus miembros permanecemos unidos en Él. Esto es lo que conocemos como la comunión de los santos, una verdad de fe que profesamos cada vez que rezamos el Credo (Catecismo de la Iglesia Católica, 954-962).
La Iglesia militante
La Iglesia militante está formada por los fieles que todavía vivimos en la tierra. Se llama así porque nos encontramos en una lucha espiritual constante contra el pecado, las tentaciones y todo aquello que busca alejarnos de Dios. Como nos enseña san Pablo: «Combatí el buen combate, terminé mi carrera, conservé la fe» (2 Timoteo 4,7).
Nosotros los católicos pertenecemos a este estado de nuestra Iglesia mientras peregrinamos por este mundo. Nuestra misión es buscar la santidad, permanecer fieles a Jesucristo, vivir sus mandamientos y anunciar el Evangelio. No somos santos todavía en el sentido de haber alcanzado la gloria del Cielo, pero todos estamos llamados a serlo, con la ayuda de la gracia de Dios.
La Iglesia purgante
La Iglesia purgante está formada por las almas de quienes murieron en amistad con Dios, pero todavía necesitan ser purificadas antes de entrar al Cielo. Estas almas ya están salvadas y tienen asegurada la vida eterna, pero aún no han alcanzado la santidad necesaria para contemplar a Dios cara a cara.
El purgatorio no es una segunda oportunidad para salvarse ni un castigo eterno como el infierno. Es una purificación final para quienes ya pertenecen a Cristo. Por eso, nosotros podemos ayudarlos mediante nuestras oraciones, especialmente ofreciendo la Santa Misa por su eterno descanso, así como indulgencias, limosnas y obras de penitencia.
La Sagrada Escritura nos recuerda que es una obra santa y piadosa orar por los difuntos (cf. 2 Macabeos 12,46). Esta enseñanza también se encuentra en el Catecismo de la Iglesia Católica, números 1030-1032.
La Iglesia triunfante
La Iglesia triunfante está formada por todos aquellos que ya se encuentran en el Cielo, contemplando a Dios y gozando de la felicidad eterna. Son los santos, tanto aquellos que nuestra Iglesia ha canonizado como los innumerables hombres y mujeres que alcanzaron la gloria celestial y cuyos nombres desconocemos.
Se llama triunfante porque sus miembros ya han llegado a la meta. Han terminado su peregrinación terrena y, por la gracia de Jesucristo, han alcanzado la victoria definitiva sobre el pecado y la muerte. Ya no sufren ni están expuestos a las tentaciones, sino que viven eternamente unidos a Dios.
Los santos no se olvidan de nosotros. Al contrario, continúan intercediendo por quienes todavía peregrinamos en la tierra, como nos enseña el Catecismo en el número 956.
Una sola Iglesia unida en Cristo
Lo más hermoso de esta enseñanza es comprender que la muerte no rompe la unión entre quienes pertenecemos a Cristo. Los santos del Cielo interceden por nosotros, nosotros podemos orar por las almas del purgatorio y todos permanecemos unidos en el amor de Dios.
El Concilio Vaticano II, en la constitución Lumen gentium, número 49, nos enseña que unos discípulos de Cristo peregrinan en la tierra, otros se purifican después de morir y otros ya gozan de la gloria celestial. Sin embargo, todos forman una sola Iglesia.
Por eso, cuando rezamos por nuestros difuntos, pedimos la intercesión de los santos o participamos de la Santa Misa, vivimos de una manera especial esta comunión. Nuestra Iglesia es una gran familia que no termina con la muerte, porque nuestra esperanza está puesta en Jesucristo y en la vida eterna que Él nos ha prometido.




